Después de haber sido violada, todo cambio ahora quería tener sexo todo el tiempo y por eso lo que tuvo fue un sufrido placer

Este presente relato es meramente ficticio, sin embargo, se basa en situaciones y personajes existentes conocidos únicamente, y probablemente, por quien los describe.

También pretende ser un tanto ilógico, simple, a veces algo inopinado, muy poco probable y casual en varias de sus situaciones y relaciones nada comunes, todo a propósito para desarrollar con mayor facilidad y posibilidad esta corta historia. Lo que no pretende es concebir un gran texto ni en su forma ni en su argumento debido a mi aun escasa cultura. Excusen por eso.

“Hay coños hechos de pura alegría que no tienen nombre ni antecedentes y éstos son los mejores de todos”

1._

La hermosa colegiala caminaba para ir a la escuela, por la amplia y pintoresca callejuela, un par de cuadras de casa, ya cerca de la principal avenida donde se hallaba, a pocos metros, el colegio privado. Algunos de los pocos coches estacionados aun afuera de las casas a lo largo de la privada calentaban motores muy seguramente para partir a, trabajos y labores distintas. La luz del sol luchaba por penetrar a todo mundo pero las ligeras nubes que aún quedaban, luego de una simplona lluvia nocturna, no lo permitían; al final perderían la batalla, según el pronóstico ambiental.

Mirada un tanto dubitativa pero no por eso menos atractiva. De forma muy autentica, lucia espectacular ese uniforme escolar, arreglado limpio, no demasiado formal. Se concentraba en el smartphone que había comprado recién el sábado pasado con Emilia, una de varias amigas, en el centro comercial más popular de la ciudad. Desplazaba con su pulgar la pantalla, cambiaba canción tras canción.

Trastabillo un poco por una imperfección del camino, alguna piedra salida o algo, y se recompuso sin fijarse demasiado y continúo caminando a paso lento como si nada, siguiendo embobada con el aparato aquel. Esa canción la ponía triste, la desplazo de inmediato, la siguiente era demasiado efervescente y no le pareció adecuada la tonada. Buscaba una melodía neutra, apacible, que la relajara y que la hiciera salir un poco del mundo, de su mundo hostil, como a veces lo consideraba. Una pelea más en casa, gritos, reclamos, acusaciones despectivas, distancias; un futuro divorcio. Eso la hacía sentir realmente mal, necesitaba ser escuchada, que alguien soportara sus ideas, resolviera sus inquietudes; las eventuales de una imberbe chica de quince años.

Los chicos la asediaban con normalidad pero obviamente ella sabía lo que querían. También lo deseaba pero no de esa manera tan vana, con discursos pequeños y falsos, provenientes de doble moral, discursos persuasivos para seres incautos.

Camila pensaba para sí misma que merecía (deseaba) realmente algo más de lo que le prometían sus pretendientes y algún exnovios. Su alma sensiblemente romántica lo exigía. Tal vez lo pensaba de manera egoísta pero ciertamente todo mundo pretende, al igual que ella, el momento y ese alguien indicado. Sin duda nada de esto la satisfacía por más gracia que pudiese tener.

Tenía tanta información en la cabeza, buena y mala, que no sabía cómo disponerla. Sus padres siempre la habían apoyado y conducido con cariño, consejos diversos, cuidados fraternos y obligados al ser la única hija, experiencias apresables y maravillosas, y por supuesto buenos ejemplos. Todo esto se degeneró gradualmente desde hace poco cuando en la casa se supo de la infidelidad del padre.

Discutían por cualquier necedad, reclamos disfrazados de rencor por parte de una abnegada madre que de a poco trataba de hacer frente defendiendo su decencia. Era casi todas las mañanas y Camila detestaba estar ahí precisamente en esas mañanas.

-cavilaba con deseo, pues ya no le era suficiente con pensarla como su amiga, necesitaba poseerla, hacerla suya ahí mismo, pero obviamente eso no iba a suceder; los años, el escaso valor…

-Señor -reitero la chica, que aún no recibía una respuesta y contemplaba al anonadado sujeto.

Su aroma tan fresco, le había embrujado pero reacciono y apenas supo contestar:

-¿Si?

-Le pregunto si ya va a cerrar -una vez más mencionaba la mujer, que no perdía la paciencia, en cambio notaba con gracia esta situacion. -Es que necesito algunas cosas. Iría al súper pero usted me queda más cerca.

-Si… Este… No. Este, como que querías hija. Si. Dime -apuro nervioso a abrir la puerta nuevamente -como que vas a querer jeje.

-Hm. Verá, necesito preparar algo de comer, apenas he llegado de la agencia y me muelero de hambre.

Él le hubiera invitado algo de comer, tal vez, hasta podrían haber comido juntos, pero lo cierto era que ni para el tenia.

Camila le ofreció una lista de productos y al final pudo comprar prácticamente todo mientras conversaron con cierta brevedad pero con gran armonía.

-¿Cuánto es?

-consulto la joven esperando a que Narciso terminara sus cuentas, sin evitar notar, vagamente, lo sudoroso que se veía y lo entrecano de los vellos que se asomaban de su pecho, al traer, este, entreabierta la camisa.

-Pos este… cincuenta y ocho pesos, creo…

-Jajá ¿Cree?

-Jeje sí. Es que luego no me salen las cuentas. Ya ve, la mente se cansa con los años y pos…

-Hm… ¿Me permite? Hagamos la cuenta juntos, ¿Le parece?

Narciso, accedió, evitando la pena, a final de cuentas, cualquier tiempo con ella le resultaba valioso. Solo le preocupaba, al tenerla un poco cerca, el que ella no apreciara su sudoroso y aborrecible olor, en este momento pensaba lo inoportuno de la visita del proveedor, porque tal vez estaría más fresco, pero en fin, trataba de evitar, de alguna manera, exponer sus terribles aromas, pues pensaba que esto podría alejarla, eventualmente. Revisaron los números en una hoja y al final concluyeron.

-Casi estaba bien jeje. Me estaba regalando diez pesos.

-No pos con gusto te los regalo.

-¿Como? Osea jajá

-Jajá, no pos, haga uste de cuenta que es cortesia, por ser nueva clienta jeje

-Jaja ok. Muy bonita cortesia eh jeje -repuso guiñandole un ojo de forma naturalmente coqueta, mientras ambos, cómplices del inofensivo juego, sonreían amenamente. -Bien. Tome y cóbrese.

Me voy.

-Espera hija, tu cambio.

-Hm. Luego me lo da. Ya quiero ir a casa. Muchas gracias por atenderme.

-No de que. Pos, pa eso estamos. Es más, si ves que sta cerrado, nomas me tocas la puerta y ahi estamos pa cualquier cosa. No importa la hora eh.

-Gracias. Es usted muy amable… ¿Cómo se llama?

-Narciso. Narciso Rivera pa servirle hijita.

-Yo soy Camila -dijo estrechando la mano que había extendido el hombre.

-Ta muy bonito tu nombre hija

-¿Usted lo cree? Bueno, a veces me gusta, creo jeje. En fin. Fue un gusto saludarlo señor Narciso ¿Narciso verdad?

-Si hija. Puedes llamarme nomas así.

-Sí, bueno…jeje. Bueno. Adiós.

-Hijita ¿No quieres que te ayude con las bolsas?

-No. No gracias. Puedo sola y mi casa esta acá cerquita. Pero, gracias de todos modos. Bien ahora sí. Adiós. Gracias.

-se despedía con una paciente sonrisa, alejando su presencia y abandonando un aroma tropical, dulce e intrépido a los sentidos extasiados de un afortunado Narciso, que se halló pensando mientras. La miraba alejarse:

Añoraba verla una vez más; ese aroma a dulces y suaves caramelos se había impregnado en su memoria y le apasionaba la idea de volver a apreciarla. Había vuelto a esmerarse en su cuidado personal, incluso había arreglado, poco mejor, la tienda. Pretendía que ella se sintiera a gusto al llegar ahí.

Pero los días pasaban y ella le era inaccesible pues siempre la veía con el mismo galán, las mismas caricias y besos de enamoradizos que le causaban un trecho en el corazón.

Sufría levemente por eso, increíblemente, sabiendo que cualquier cosa más allá de la amistad le era imposible.

El día le resultaba nostálgico al pensar en esto y más en esa fecha tan especial. Empezó con un ligero sollozo mientras contemplaba la foto de su hijo. El día resplandecía en el rostro del moreno hombre pero no se llenaba de esa vida.

-Hola -dijo una voz dulce.

Enjugo las lágrimas que caían de su rostro con un pañuelo que saco del bolso de su camisa, acudiendo al saludo de esa voz conocida.

-¿Se encuentra bien? -consulto la inocente voz, paciente y atenta.

-Buena hija. Que milagro -exclamo aun con lágrimas que brotaban ahora con expresión de alegría desbordante.

-Si. Jeje. Hoy salí más temprano. Pasaba por aquí… Dígame ¿Le sucede algo?

-No. No es nada hija. Es… Es una…

-Una basura en el ojo. Clásico jeje. No, de verdad, dígame. Verá. Hay veces que es mejor desahogarse, dejar que alguien más ah… Escuche. ¿Me entiende? -expreso con completa compasión desinteresada, que atendía una labor de atención suplicante de una persona triste. -Yo puedo escucharlo y tal vez, en una de esas encontremos alguna solución.

-Gracias Camila. Son los recuerdos hija -expreso con voz que aún se quebraba. -Los recuerdos nomas que no nos dejan. Fíjese. Ayer fue mi cumpleaños y antes lo celebraba con mi hijo pero…

-Pero…

-No pos… Ya no.

-¿Que paso con su hijo? ¿Lo abandono?

Podría haberle dicho la verdad, pero no quería que ella se formase la idea que todos tenían de él y con eso alejarla, era lo que menos quería. Ya la tenía una vez más ahí, siendo su almohada, su cobijo; tenía que contribuir más a eso.

-No pos… Algo así. Cosas que pasan. A veces la vida es cruel.

-Si -afino la joven con desanimo, dándole razón en base a sus propias experiencias, aunque no se podría comparar del todo, la vida de él y la suya. -No se desanime don… Narciso. Usted es buena persona, solo trate de ser más… positivo -atino a decir con voz viva al notar la desesperanza del sujeto.

Ella le sonrió y el correspondió la sonrisa casi de inmediato. Pareciera que los males aquellos pudiesen desaparecer con tan solo una exacta mirada. Hablaron por un rato más, filosofando y conociéndose de a poco encontrando y aunando en sus tantas afinidades.

Al siguiente día, Camila lo sorprendería llevándole un par de regalos. El viejo rompió en llanto conmovido por el gesto de su bella inspiración. Aquel tipo rudo, fuerte, agresivo de cuando joven, se había desvanecido a causa de una mujer que apenas empezaba, quería y se dejaba conocer.

Sucumbió en una pasión profunda al sentir el cuerpo de la joven, en ese abrazo incluido en las felicitaciones tardías pero que con gusto deseado aceptaba y aprisionaba con ganas.

No lo había planeado de ese modo pero noto que así podría surgir la cercanía que tanto deseaba. Su alegría, su pasión y lujuria no cabían en su corazón.

Al paso de los días frecuentaban tanto como le era posible a Camila, quien lo hacía como una tarea de hacerle saber al verdulero que alguien podría escucharlo, comprenderle y hacerle sentir vivo.

Narciso trabajaba en un extremo de su casa, que se dividía por una oxidada maya metálica, tratando de cortar la amarillenta hierba crecida y que se veía mal, para darle una vista más agradable a su morada. Se sentía motivado por mejorar en muchos aspectos de su vida, pues pensaba que eso haría que la convivencia con Camila, fuera más cómoda sobretodo para ella.

Tenía mucho trabajo por hacer y desde ahí vislumbro a su deseada amiga. Sabía que llegaba a esa hora. Así que busco salir de esa área, entrando de nuevo por su casa, y asomarse para que ella lo viera y poder platicar un rato. Era su fascinación.

Quedo aterrado cuando apenas había asomado. Vio a su sensible amiga en tremendos apuros: era ultrajada por un trio de vándalos que al parecer la estaban asaltando y ella a pesar de no poner demasiada resistencia, era víctima de manoseos barbaros. Ella gritaba con fuerza, tanto como le era posible, pero le taparon con violencia la boca de inmediato.

Narciso no lo pensó dos veces, era una labor necesaria, y agarro un pedazo de madera que encontró en algún sitio y acudió al auxilio. Amago de manera furiosa gritándoles que se alejaran ahora mismo, amenazándoles con temeridad incluso pero al no haber respuesta favorable, golpeo con esa pieza en la cabeza de uno de estos. Camila grito con voz descompuesta en un momento de descuido de quien le estaba sujetando.

Sabían que tenían las de ganar ante la chica y el viejo, así que pretendieron llevársela. Uno reacciono con furia latente contra Narciso intentando golpearle pero logro esquivarlo aunque el forcejeo le hizo caer de manera abrupta al suelo.

Alguien más, a lo lejos se le escucho gritar, llego al auxilio, un vecino que había escuchado las palabras que pedían auxilio. Pronto llegaron más curiosos, buscapleitos, y empezaron a arremeter contra los delincuentes, aunque ahora solo eran dos, un tercero se les había escapado. Cuando la policía llego aquellos delincuentes habían quedado demacrados ante una ligera turba, la suficiente para amasar a golpes a ese pobre par de pillos.

Esto sucedía mientras que Narciso se había llevado a la violentada Camila, desde que pudo hacerlo, al interior de su casa para, evidentemente, ponerla a su resguardo. Mantenía un sollozo ahogado, su respiración era agitada y temblaba de miedo obvio. Sentada en el viejo y único sofá de la casa y a su lado Narciso la consolaba meritoriamente, dándole, relativamente, su espacio. Le ofreció un vaso de agua, que no bebió, y un pañuelo para que se limpiara las lágrimas que brotaban insistentes en sus ojos.

Los gritos de afuera eran ajenos a ellos, la tarde ya se desvanecía y la penumbra amenazaba. Sin pensarlo demasiado, la abrazo con fuerza, expresando la compañía. Le acomodo caballerosamente el pelo que lo tenía ya muy despeinado. La incandescencia de la luz artificial que caía de un foco era suficiente para plasmarla. Su blusa se abría por los botones que se habían desabrochado violentamente y ese delicioso surco de nítidos melones de piel clara, contenidos por un brassier blanco, se dejaban apreciar. Sin duda, era su oporeunidad, y aprovecho el momento de vulnerabilidadad de la chica, para acercarse, en un necesario abrazo, para así acariciar en cierta medida aquel cuerpo. Con su cansado y lastimado brazo derecho, la rodeo y así él pudo sentir en un instante los volubles y grandes senos, palpables a causa esa delgada blusa. Su espalda era tan fina, escueta, ondulante y esos frágiles brazos rogaban por protección. El aroma estaba de nuevo ahí, se impregnaba por todas partes y eso enervaba los sentidos. Sintió en su rostro ese liso cabello: era como una tela delgada que secaba su sudor. Era tan linda, tan dócil, tan débil que deseaba que el momento nunca se escapara y que pudiera trascender.

La puerta se escuchó con fuerza, alguien la golpeaba, demandando atención. Narciso alargo todavía mas ese abrazo húmedo, tibio, aromático, tan especial, quería que nada lo corrompiese.

Volvieron a tocar, ahora con gritos demandantes. Ambos se sobresaltaron. Ella se había calmado pero eso la volvía a alterar pensando en que podría ser algo peor. Él se levantó para saber que imbécil había arruinado su momento y si fuese necesario, darle su merecido.

Era policía, sobrios, funestos, inquisidores, preguntaron cualquier cantidad de cosas de manera insistente y nada concisa a Narciso. Creyó en algún momento en la posibilidad de ser inculpado, por las experiencias anteriores. Se tranquilizó al no saberse culpable o sospechoso, eran preguntas rutinarias que pronto también se las harían a una descompuesta Camila.

Llego una ambulancia minutos después y la atendieron. Los policías, prácticamente la habían obligado a convencerse, de que tenía que hacer la denuncia de forma oficial y que la llevarían a la comisaria. Narciso se ofreció a ir con ella y respaldarla, seria todo un gusto, pero ella ya había dado el número de su novio, para que él se hiciera de su compañía. Incluso le devolvió una chamarra suya con la que le había arropado, porque ahora traía una de algún oficial. El viejo tuvo que resignarse, muy a su pesar, comprendiendo que a pesar de cualquier circunstancia esa era la realidad.

Con el transcurrir de los días, Narciso se sentía cada vez más y más desvaído. Aquella patrulla se había llevado una de las razones de su existencia, que había crecido de forma pasional en su corazón. Pero aun con la idea resolutiva de que tal vez mujer no regresaría, dadas las circunstancias, aguardaba, cada vez con menos esperanzas, el regreso de su inspiración.

Las tardes eran insípidas, como aquella, y una vez más estaba a punto de cerrar, ya estaba cansado, fatigado de alma y cuerpo. Había sido así su rutina últimamente, tal vez aparecería más tarde, de noche, en el auto de su novio y eso le bastaría.

Su ventana rechino después de intentar cerrarla y quitarle el seguro. Estaba por cerrar la otra y entonces creyó casi brincar de gozo. No estaba para ese tipo de movimientos, de joven muy seguramente lo hubiera hecho, mas debía comportarse.

Caminaba pasiva, con calma, volteaba a ambos lados antes de cruzar la acera. El atardecer le daba un tono curioso a su piel, sus anteojos brillaron de repente. Se dirigía hacia él y eso le emocionaba mucho más. Salió a recibirla con aparente calma, cual amante, cual persona que se extraña y ama. Abrir los brazos y recibirla con fervor era una opción, pero no era lo correcto, lo apropiado, tal vez no lo venía a ver, tal vez, solo cruzaba por ese lado y había hecho presuposiciones precipitadas. No, ahí estaba, sin contratiempos y con la sonrisa más característica y adorable que jamás podría olvidar.

Sonreía nervioso, expectante, pero aun ella no le correspondía. Por qué le apasionaba tanto, ni el mismo lo comprendía, ni pretendía averiguarlo. Se veía tan excitante aun luciendo ese atuendo deportivo.

-¡Muchachita! -exclamo con emoción e iniciativa. No iba a dejar que pasaran los segundos sin que mediaran palabras, gestos con ella.

-Hola -saludo con total cortesia y ánimo, como si nada hubiese pasado.

Él estaba distraído llevando unas cajas al interior de su casa. Entonces alguien inesperadamente arremete contra su cuerpo. Siente molestarse porque casi se ha desbalanceado y siente caer. Ha volteado y una juvenil figura lo tiene entre ella y una mesa.

Ella tiene el control y no espera; los labios se frotan sin lugar a dudas. Mordisquea el labio inferior del tendero y lo recorre con la punta de su húmeda lengua. Libera un brazo y desliza su mano abajo hacia su entrepierna, donde una firme dureza la está esperando; él se siente en la gloria. La verga salta de gusto, queriendo liberarse del pantalón más no de los leves apretujones apretujones que le propina la sensual mujer.

El viejo siente con pasión como la lengua de la mujer casi se lo come a besos ávidos, de sabores frescos de hierbas aromáticas. El corresponde y empieza a perder el asombro inicial. Ahora él se la empieza a devorar, llena de sus líquidos espesos y amargos a la boca de la mujer. Ahora le hace retroceder hasta encontrar a la pared y ahí la mantiene… Empieza a manosearla, a apretarla contra él. Podría perder el control en cualquier minuto, pero prefiere perderse en los continuos besos.

Cree escucharla gemir y eso le hace comérsela con mucho mas deseo.

Esa manita juega esa erección con mayor intensidad. Empieza a murmurarle

palabras vacilantes de placer, de deseo, de querer sentir ese miembro dentro de él.

Entre jadeos acepta el reto, prometiéndole que le hará sentir el mayor placer de su vida, que la hará sentir sucia, su puta. Sabe que la ha encendido. Ella amasa su tranca con fuerza. Sus pezones se sienten duros y, al recorrerla, su vagina la encuentra húmeda, caliente.

Ella no puede evitar gemir pero aun así intenta ahogarlo, enredando sus brazos sobre los hombros del viejo, besándolo otra vez.

La toma por la espalda, masajea en toda su extensión para luego agarrarle el culo sin mucha decencia. Su erección ataca aquel resquicio donde se dibuja ese delicioso sexo. Sabe lo que quiere.

Ella retoma el control y lo conduce al sofá. Lo hace sentarse y rápidamente ella se ha montado sobre él. Se miran con intensidad y deseo furtivo.

El simplemente no lo puede creer:

-Camila -alcanza a decir jadeando, incrédulo, abatido de lujuria.

No quiere conocer como ha llegado a ese momento, simplemente era inminente.

Sus pechos están a la altura de su cara, ella de pronto lo agarra y los aprieta contra su cara como queriendo ahogarlo. El acaricia los muslos, aprieta duramente esas firmes y puras carnes.

Se separa un instante para quitarle el leotardo, ella no opone ninguna resistencia y colabora incluso. La prenda sale por su cabeza, cae en algún lado. Algunos de esos largos cabellos cubren esas ubres. El las aparta, contemplando lo maravillosos y enormes que son. Luce como un lunático, no se da tiempo para verlos más, quiere probarlos. Empieza a amamantarse cual hambriento, a mojar con saliva la dureza de esos pezones.

La mujer gime, con frecuencia rítmica, prácticamente le ordena que se las chupe.

Cabalga, arquea la espalda, abraza esa cabeza y vuelve a apretar. Echa la cabeza hacia atrás y grita. Narciso muerde con soltura un pezón, aprieta esos muslos. Siente una humedad en medio de las piernas.

Se dirige a otro pezón, parece no darse a basto, quisiera devorar ambos pechos al mismo tiempo. La ve jadear gimiendo su nombre, acariciando su incipiente calvicie, mordiéndose los labios.

La escucha pedir más y el succiona, como queriendo sacar leche de esas tetas.

-Camila. Mmm… Que rica estas.

Ella no dice mucho, solo ríe cómplice, orgásmica.

Las callosas y duras manos siguen atacando los muslos. Siente el contraste de una piel de bebe y la suya. Levanta esa minifalda e introduce con ansias sus manos. Siente lo empapada que esta esa ropita interior, aprecia los detalles de las costuras con encaje, algo que le fascina.

Ella vuelve a gemir, pronunciando de forma entrecortada el nombre del viejo. Aquello lo siente límpido, liso, libre de vellos. La levanta para quitarle toda esa ropa que ya le estorba. Ella obedece, se quita la mini y las bragas; esta desnuda y aún más ardiente.

La hace sentarse ahora, ella le abre las piernas completamente, contempla esa abertura, rosada, brillosa por tantos jugos.

Palpa ese sexo con la yema de sus dedos, acaricia cada rugosidad, trata de adentrarse, quiere masturbarla. Ella gime con lujuria y pide que se la coma. La boca empieza su trabajo, hace sonidos raros. Siente como ese sexo se hincha. Apura, pareciera que el tiempo apremiara. Saborea cada rinconcito, como saboreando su golosina favorita, cuyo sabor pareciera, no terminarse. La mordisquea, lame y manipula con ahínco los labios sexuales con su lengua y dientes. Vuelve a pellizcar, saborea, encuentra un nuevo sabor, una nueva textura y más jugos deliciosos. Ella grita, tal vez le duele pero se incorpora con un gemido tenue.

Caen en un placer increíble. Ella rodea con sus muslos la cabeza del verdulero, sus manos aprietan en alguna parte del sofá. El introduce su lengua, trabajando hasta el interior más profundo que puede encontrar y parece que no se dará por vencido hasta llegar.

La siente a punto de venirse, la ve hacer gestos por controlarse pero es inevitable.

Grita el nombre del viejo, lo hace con fuerza. El sigue lamiendo recibiendo la primera y pronto una segunda corrida. Aquello resulta increíble. Su cara esta empapada de jugos femeninos.

-Que rico -masculla el hombre masturbando apuradamente esa fuente-que ricos saben mamasita.

Ella aguarda, su respiración es agitada y audible por todas partes.

Él se levanta se su posición, empieza a desabrochar, sin mucho apuro, su cinturón y después el pantalón. Ella lo socorre con la camisa y en instantes ya está también desnudo. Ella toma asiento, esperando, el sigue su mirada y observa el asombro, incluso como juguetea con sus labios y traga saliva cuando se despoja de su calzón. Su miembro tambalea pero reapunta firme hacia ella.

La mujer cae sobre sus rodillas y sin titubear avanza hacia su objetivo, pareciendo experta, sobre la tranca del orgulloso vejete. La engulle con ferocidad, sus labios rojos se pierden en esa mata de vellos crespos y entrecanos.

Se lo saca de la boca y masajea desde la base hasta la punta. Redescubre esa piel y la lame con lascivos lengüeteos, como si se hallase hambrienta. Él no puede evitar gemir, expresar su triunfal gozo. La toma de su pelo, la guía con intensidad y se escucha el hueco que queda en su boca cada vez que la mujer se saca el grueso miembro. El arquea las caderas para hacerle saber que no debe parar. La obliga a comérsela de manera profunda, aferrando ambas manos en sus largos cabellos, la escucha tener arcadas pero no le importa.

Observa su rostro angelical, atractivo, dedicado a esa placentera labor.

Cuando logra liberarse, toma un poco de aire y ataca de inmediato sus bolas. Las empapa a pesar del abundante vello. Ahora intenta tragarse toda esa verga pero le cuesta trabajo.

El hombre cree sentir la punta de su miembro en la garganta de la mujer. La insulta, la insta a comer más. Está a punto de venirse.

La agraciada chica se aparta, quiere ser penetrada de una vez por todas. Se ha montado sobre él, que no ha tenido tiempo de impedírselo. Ella avanza muy rápido. Ya pronto su agujero se posiciona en la vertical figura de su miembro que con gusto la recibe.

Se besan inalcanzables, ella ha sido quien ha buscado lo amargo de esa boca.

Pone las manos sobre el pecho del viejo mientras deja que la gravedad la guie a lo largo de ese miembro. El la sostiene desde sus nalgas y en su cara se amasan esos incontrolables pechos.

Ella aparta su boca para liberar un grito, un gesto de agraciado dolor cuando esa verga la abre… Grita de nueva cuenta pero ahora ha pedido más. Él es atento y empieza a menearse sin predicamentos y de una la ha ensartado.

Empieza a clavarla de a poco en principio pero continúa con más y más ritmo turbulento. La posee, ambos se miran con ojos encendidos, sucios. El la insulta, le hace saber que es suya y de nadie más mientras que ella no lo niega ni lo asiente, solo grita aclamando por una penetración más ahogada.

Los sonoros golpeteos de las pieles se hacen presentes, retumban juntándose y separándose rápidamente.

Ella complementa los movimientos, de arriba hacia abajo, como una vaquera sobre una bestia. Las tetas rebotan por todas partes, su voluptuosidad las hace verse violentas pero Narciso lo agradece, incluso intenta atraparlas con su boca.

Paran solo para besarse, sin despegar sus intimidades. Ella vuelve a retomar los movimientos, gime, suplica, grita.

El la carga, de forma increíble concebía tal fuerza. Se la lleva a su cama y la tiende sobre la misma. Sin querer se han despegado pero tal vez sea lo indicado para acoplarse de mejor manera.

Ahora él se tiende, espera que la nena se suba y cabalgue nuevamente. Ella lo entiende rápidamente y aquello se vuelve a unir, los músculos se rozan, luchan rozagantes, húmedos, palpitantes.

Aprieta los grandes senos que luchan por no caer. Recorre las curvas de sus caderas, su piel es tan tersa y febril. Aprieta esas nalgas, le gusta hacerlo incluso busca ese agujerito que desea estrenar. Siente una humedad que baña su verga en su interior, la ve apretar los labios, cerrar los ojos y musitar palabras lascivas de placer genuino.

Ella grita con más fuerza, pide más y más, parece insaciable, retorciéndose, arqueándose de manera exacta para percibir de gran manera los embates.

El no para de repetir sus movimientos, prácticamente golpeándola, al parecer aprecia de sobremanera esa intensidad. La escucha maldecir, una mujer de tan buen porte, diciendo palabras tan vulgares, definitivamente es otra y es suya, así le gusta.

Se vuelven a besar, ella quiere intercambiar esa saliva, su lengua se mueve muy bien en su boca. Su aliento corre y lo atrapa. El ya no puede más, sus ojos se ponen en blanco, como si lo abandonaran. Ella lo detecta y aumenta su fuerza y velocidad, sube y baja deseosamente. De manera inédita y exigente le pide su corrida, la quiere en su boca.

Esto le detona un deseo terrible. Ya no puede seguir con ese mete-saca. Se ha sacado violentamente el miembro de esa cavidad y la joven cae abruptamente hacia algún lado de la cama. Ella la espera excitada, con la boca abierta, con la lengua afuera, esperando aquel liquido viril que ya escurre de su miembro. Está a punto de vaciarse…