Diego se enamora de su hermana, desde jóvenes que la espía, no puede dejar de fantasear con ella, hasta el día que por fin se dio, se hizo posible lo imposible

Vivían en las afueras de la ciudad en un chalet con jardín, cochera, quincho y piscina en la parte trasera, rodeado de setos verdes que lo protegían de las miradas indiscretas.

En la planta alta estaba el dormitorio de los padres con su baño en suite; había además una habitación para huéspedes y otro baño. En la planta baja, el living, el comedor, la cocina, la habitación de Diana, la de Diego y dos baños, razón por la cual utilizaban uno cada uno a fin de no incomodarse mutuamente.

En los últimos cuatro años Diego solo había estado allí de Diciembre a Marzo y los fines de semana; el resto del tiempo vivía en la Ciudad, donde estaba cursando su carrera.

A partir del próximo Marzo debería compartir su departamento de estudiante con Diana, quien también comenzaría su carrera universitaria

En ese momento Diego contaba con veintitrés años y Diana con dieciocho.

Diego era un joven muy simpático, alto, delgado, de cabello castaño, con cuerpo atlético y de rostro atractivo que tenía éxito con las mujeres.

Diana, a sus dieciocho años, era ya una belleza hecha y derecha. A pesar de no ser alta, (solo 1,55 mts.) atraía la mirada de todos aquellos que pasaban a su lado. Tenía un hermoso rostro y un cuerpo deslumbrante. Su cabellera castaño claro que le llegaba a los hombros hacía resaltar el marrón profundo de sus ojos. La esbeltez de su silueta, sus erguidos senos de tamaño mediano, lo estrecho de su cintura, lo duro y parado de su cola y la perfección de sus piernas motivó mas de una vez que algún amigo de Diego hiciera comentarios subidos de tono en su presencia, los que además de causarle enojo, le causaron celos.

Ese verano, por primera vez en sus vidas, iban a quedar solos compartiendo la casa; sus padres habían decidido viajar a Brasil durante quince días, en una suerte de segunda Luna de Miel.

La noche previa a que sus padres partieran, Diego cenó con unos amigos y dado que la temperatura era bastante alta, se quedó con ellos charlando un rato en una esquina, y cuando se dio cuenta era la medianoche.

Se despidió decidido a irse a dormir y lo hizo caminando, pues estaba muy cerca de su casa.

Al llegar a la puerta, reparó en que no había recogido las llaves al salir.

No era la primera vez que le pasaba e iba a tener que hacer lo mismo que otras veces; es decir, saltar por sobre la verja, cruzar el jardín, llegar a la parte trasera de la casa y tocar en la ventana del dormitorio de Diana, para que ella le abriera desde adentro y le permitiera pasar.

Al llegar a la ventana de su hermana se alegró de ver luz en el dormitorio y escuchar la música que se filtraba a través de la persiana, ya que eso le evitaba despertarla y sufrir de su parte los habituales reproches por no haber sido precavido y llevado consigo las llaves, como correspondía.

Estaba a punto de golpear en la persiana cuando un impulso repentino le hizo espiar por una de las hendijas.

Se quedó absolutamente paralizado con lo que veía.

Diana estaba totalmente desnuda frente al espejo del placard.

Desde su lugar de observación tenía una visión perfecta de la parte trasera de su agraciado cuerpo y, además, el espejo me devolvía la imagen de su parte delantera.

Su hermosura no era para él una novedad; verla infinidad de veces en su pequeño traje de baño de dos piezas, cuando disfrutaban de la piscina hacía que estuviera acostumbrado a repetir en su mente una y otra vez, cada uno de los detalles de su cuerpo.

Pero desnuda, su belleza deslumbraba.

Podía por primera vez admirar, en toda su plenitud, la perfección de sus pechos coronados por pezones rosados que apuntaban hacia arriba e invitaban a acariciarlos y besarlos. Ver la desnudez de sus nalgas duras y tan perfectas en su forma, lo dejaron boquiabierto.

No pudo apartar la vista de tan maravilloso y deseable cuerpo, como tampoco logró impedir la tremenda erección que hacía crecer su pene en forma desmesurada; para colmo, ella comenzó a acariciarse los pechos y a pellizcarse suavemente los pezones que se erguían bajo las caricias de sus dedos. Luego, como queriendo enloquecerlo totalmente, se recostó en la cama y con su mano derecha comenzó a darse placer rozando con mucha suavidad su depilado monte de venus e introduciendo levemente los dedos entre los labios de su vulva.

Él no pudo mas; bajó el cierre de su pantalón, sacó su verga que ya había comenzado a emitir líquido pre seminal y comenzó a masturbarse mientras espiaba como lo hacía su hermana.

Los gestos de placer del rostro de Diana, los estremecimientos de su cuerpo y sus gemidos le anunciaron el momento de su orgasmo; al unísono, la eyaculación de Diego estalló de manera tan potente y esplendorosa que le produjo una sensación de mareo que lo obligó a apoyarse con su mano izquierda en la pared, para no caer al suelo.

Tardó unos segundos en recuperarse y cuando lo hizo limpió rápidamente su pene con un pañuelo, lo guardó, subió el cierre de su pantalón y casi sin pausa golpeó la ventana del dormitorio, pidiéndole a Diana que le abriera la puerta; todo esto sin dejar de observarla, pues ella aún continuaba echada en la cama, acariciándose suavemente el sexo después de haber llegado al orgasmo.

La sorpresa que le produjo escuchar la voz de Diego fue tanta que saltó de la cama y emitiendo un pequeño chillido de sorpresa salió rápidamente de su habitación.

Diana le abrió la puerta para que entrara.

Con mucha prisa se había puesto una salida de baño debajo de la cual, él sabía que no había otra cosa que su cuerpo desnudo. Sus mejillas estaban arreboladas y sus ojos brillaban mas de lo habitual; su hermosa boca tenía los labios entreabiertos. Su aspecto que emanaba sexo, mas la visión de los hechos de los minutos anteriores, hicieron que el cuerpo de Diego temblara de emoción. No pudo evitar desearla intensamente. Sin pensarlo dos veces le agradeció que le hubiera abierto y mientras lo hacía agachó su cabeza hasta la altura de la de ella y la besó levemente en la comisura de sus labios.

Diana bajó la vista, murmuró algo incomprensible y se volvió hacia su habitación.

Él se dirigió a la suya y luego de desvestirse entró al baño a ducharse. Ya debajo de la ducha en su mente se repetían sin cesar las imágenes de su bella hermanita desnuda dándose placer, gimiendo, estremeciéndose, mordiéndose los labios mientras llegaba al orgasmo. A medida que su mente recreaba esas imágenes su pene retomaba la erección pareciendo tener vida propia.

Comenzó a masturbarse nuevamente en forma desenfrenada.

Casi inmediatamente eyaculó con tanta intensidad como lo había hecho minutos antes, lo que no alcanzo para disminuir la erección ni para calmar su desasosiego.

Termino de ducharse, secó su cuerpo, se puso el pantalón corto del pijama de verano y salió del baño para ir a su habitación.

Nunca supuso que al salir del baño se encontraría con Diana, quien al igual que él, había tomado una ducha e iba hacia su dormitorio. Ambos se sorprendieron por igual y quedaron sin saber que hacer.

Él, por que su erección hacía que la fina tela del pantalón del pijama formara un bulto imposible de disimular.

Ella, por que vestía un delgado camisón color rosa pálido que solo le llegaba un poco mas abajo de la cintura y que era absolutamente transparente.

Diego se repuso casi inmediatamente de la sorpresa y decidió hacer realidad la idea que rondaba en su mente día y noche desde que había vuelto de la Ciudad a fines de Diciembre último, y que de alguna manera había comenzado a ejecutar cuando minutos antes se inclinó para besarla en la comisura de los labios.

Tenía que poseerla; tenía que hacerla suya.

Avanzó hacia ella y mientras tomaba cada una de sus manos con las suyas le dijo en voz baja mirándola a los ojos:

-Mi querida Diana, ¡que hermosa estas!

Las mejillas de ella adquirieron un tono púrpura y a lo único que atinó fue a bajar los párpados y permanecer en silencio.

Él la atrajo hacia si y la oprimió fuertemente contra su cuerpo mientras la volvía a besar suavemente, esta vez directamente en los labios; luego le dijo:

-A partir de mañana, cuando quedemos los dos solos, voy a demostrarte todos mis sentimientos.

Volvió a quedar en silencio. Se separó de ella y se dirigió a su dormitorio.

Cuando se giró para cerrar la puerta, ella se dirigía hacia el suyo a paso rápido.

El corto camisón que vestía le permitió a Diego tener una última visión de los hermosos glúteos desnudos de su hemana.

Ya en su dormitorio, acostado y a medida que repasaba lo sucedido, comenzó a asustarse pensando que si Diana contaba a los padres lo ocurrido, no sabría él como salir del atolladero.

Sin embargo los deseos de gozar de su bella hermanita eran mas fuertes que su miedo; no podía olvidar la maravillosa sensación que le había invadido cuando al besarla había apoyado su verga empalmada contra el bajo vientre de ella y había podido sentir contra su pecho, sus pezones duros y erectos.

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La primera vez que miro a Diana como a una mujer y no como a una hermana fue un par de semanas atrás, cuando estando ambos sentados en el borde de la piscina, ella inadvertidamente se inclinó hacia adelante y permitió que él tuviera, atisbando por la parte superior de su traje de baño, un panorama casi completo de sus núbiles pechos.

Interiormente sabía que debía apartar la mirada, pero lo atrajo de tal manera la hermosura y la firmeza de los mismos que le fue imposible dejar de mirarlos, sobre todo por que desde su posición podía advertir claramente sus erguidos pezones de color rosa.

Cuando logró apartar los ojos de tal deliciosa visión, y al cruzarse sus miradas, ella le ofreció una sonrisa llena de picardía y complicidad y mordiéndose el labio inferior lo empujó arrojándolo al agua y se alejó rápidamente en dirección a la casa.

Diego quedó largo rato en el agua no solo por que estaba sorprendido con lo ocurrido, sino también por que necesitaba tiempo para que disminuyera la erección que le había provocado ver los deliciosos pezones de Diana. Desde que ella era muy pequeña no veía ninguna parte íntima de su cuerpo y ahora que accidentalmente lo había hecho, su cerebro entró en un estado de desconcierto tal, que lo dejaba absolutamente perplejo. Para completar la confusión, su cuerpo parecía manejarse en forma autónoma y sin que él pudiera evitarlo había decidido expresarse, demostrando su deseo.

Si bien mas tarde, a la hora de la cena, estuvieron juntos, en ningún momento logró estar a solas con ella como para poder disculparse por haberla mirado en forma indebida.

Mientras comían varias veces fijó sus ojos en los suyos y en cada oportunidad creyó observar en su mirada un destello de aceptación a lo ocurrido en la piscina. Después, cuando con sus padres veían televisión, en la semi penumbra aprovecho para recorrer su figura con la mirada una y cien veces.

Realmente era hermosa; su cuerpo dejando atrás la etapa de la niñez se había convertido en el de una joven sensual que le inspiraba los mas ardientes deseos.

Sin darse cuenta pasó de ser el hermano que quería disculparse con su hermana menor, a ser el hombre que mira a una mujer con ansias de hacerla suya.

Afortunadamente, mientras miraban televisión, la luz de la sala estaba apagada, de lo contrario, hubiera quedado al descubierto ante sus padres no solo por la insistencia de las miradas, sino también por que tenía una erección aun mas visible que la de la tarde en la piscina.

Cerca de la medianoche ellos se retiraron a dormir, quedando solos Diana y él.

No tardó mucho ella, en una clara invitación, en sentarse a su lado en el sillón doble, dejando que se le subiera la falda mucho mas allá de lo aconsejable.

Diego tuvo la certeza de no serle indiferente en absoluto y de que los mismos deseos que sentía él por ella, ella los sentía por él.

Luchando consigo mismo, se despidió de ella y se dirigió a su dormitorio.

Esa noche tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.

Por un lado su conciencia lo atormentaba diciéndome que eran incorrectos y perversos los pensamientos que acudían a su mente y por otro su cuerpo la deseaba tan intensamente como nunca había deseado a ninguna otra chica en su vida.

Los días que siguieron fueron un infierno.

Diana coqueteaba con él en forma descarada y él luchaba con todas sus fuerzas para no ceder a la tentación.

Resistió todo lo que pudo a sus deseos y a los coqueteos de ella, hasta que el hecho fortuito de haber olvidado las llaves dio por tierra con toda su fuerza de voluntad, a pocas horas de que sus padres partieran de vacaciones, dejándolos solos en casa durante quince días.

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A la mañana siguiente llevaron a sus a padres hasta el aeropuerto, estuvieron departiendo con ellos hasta el momento en que tenían que abordar el avión y se despidieron instantes antes del embarque.

Como actualmente no es posible ver despegar los aviones desde el interior del aeropuerto, corrieron al automóvil y salieron inmediatamente hasta un punto de la ruta desde el cual podrían ver al avión ya en vuelo.

Efectivamente, a los pocos minutos de estar esperando, el avión pasó raudamente sobre sus cabezas y tomando altura rápidamente se alejó hacia el norte, perdiéndose entre las nubes.

Cuando desapareció definitivamente Diego miró a Diana a los ojos y poniendo su mano sobre el muslo izquierdo le preguntó:

-¿Volvemos a casa o te gustaría mas que vayamos a algún otro lado?.

Ella sonrió, bajó la vista y muy quedamente le dijo:

-Me gustaría ir a casa, a la piscina.

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Eran casi las once de la mañana cuando llegaron a la casa.

Inmediatamente Diana fue a su dormitorio a cambiarse, mientras Diego hacia lo propio y preparaba unas bebidas.

Cuando él llegó al borde de la piscina, con los vasos en las manos, Diana ya se encontraba tendida sobre una de las reposeras, acostada boca abajo.

Tenía puesta una micro biquini negra.

La muy delgada tirilla que pasaba entre sus nalgas, servía mas para destacar la perfección de las mismas que para ocultar algo. Diego sintió que la temblaba el pulso y colocó los vasos sobre una mesilla para evitar derramar el contenido.

Se quedó parado sin saber que hacer.

Sin volver en absoluto su cabeza, Diana, alcanzándole la crema solar, le pidió dulcemente que se la pasara por el cuerpo.

Se soltó la tirilla que sujetaba la parte superior del biquini y aguardó a que él empezara.

Diego se encontraba sumamente nervioso y fuertemente excitado viendo aquel maravilloso cuerpo esperando las caricias de sus manos.

Cuando él se arrodilló a su lado y dejó caer sobre su cuerpo el primer chorro de crema ella lanzó un leve gemido y su piel se erizó por completo; él se apresuró a extender la crema subiendo hasta los hombros y bajando luego hasta sus caderas con sus manos. Las paseó por toda la superficie de la espalda rozándole levemente los pechos por los costados y dejando que sus dedos se aventuraran por el canal que separaba sus nalgas.

Ella se dejaba hacer entregándose plácidamente a sus caricias.

Deslizó lentamente las manos embebidas en crema por sus muslos, sus pantorrillas y sus pies, retornando luego hasta las nalgas y demorándose allí en suaves caricias.

A cada instante sus dedos eran mas audaces y se aventuraban, sin ningún disimulo, hasta llegar a tocar la entrada de su ano y la depilada vulva; la delgada tira de la micro biquini no era obstáculo para que las yemas de sus dedos acariciaran sin disimulo alguno esas zonas tan íntimas y sensibles de su anatomía.

Diana se dejó llevar por el placer que él le estaba proporcionando; su respiración se hacía a cada segundo mas entrecortada y los estremecimientos de su cuerpo eran ya continuos.

Diego sabía que debía continuar excitándola hasta dejarla sin defensa alguna.

Acerco su cabeza a la de ella y le pidió, hablándole muy suavemente al oído, que se acostara boca arriba. Si dudarlo ella giró su cuerpo y al hacerlo la parte superior de su biquini quedó abandonada sobre la reposera, ofreciéndole a Diego la visión de su desnudez, solo cubierta en su bajo vientre por el pequeño triángulo de la micro biquini negra.

Estaba realmente hermosa; los ojos fuertemente cerrados, sus labios entre abiertos por la agitada respiración y los endurecidos pezones rosados sobre su núbiles senos eran una invitación al placer imposible de resistir.

Diego rozó suavemente sus labios con los de ella y luego dirigió su boca a esos dulces pezones atrapándolos entre sus labios alternativamente, demorándose en lamerlos y mordisquearlos suavemente, mientras los dedos de su mano derecha se introducían en la húmeda vulva de Diana.

Primero ella aceptó mansamente las caricias que su hermano le prodigaba y luego comenzó a tomar parte activa guiándole la cabeza hacia abajo con la mano apoyada en la nuca de él mientras se despojaba, con su otra mano, de la parte inferior de la biquini. Cuando lo logró, la cabeza de Diego ya estaba próxima a su pubis.

Él separó suavemente las piernas de ella hasta que una quedó fuera de la reposera con el talón del pie apoyado en el suelo y acercó lentamente su boca a la hermosa vulva que se le ofrecía palpitante.

El contacto de sus labios y su lengua sobre el húmedo sexo causó en Diana un súbito estremecimiento y de su garganta escapó un ahogado gemido.

Se sintió desfallecer al contacto de la deliciosa invasión de su intimidad y creyó perder el sentido cuando él alcanzó su clítoris con la lengua.

Esa dulce caricia, acompañada de la que le prodigaba con los dedos que se introducían aviesamente entre los labios de su vulva causó que perdiera todo dominio sobre si misma y se entregara sin reservas al placer que su hermano le proporcionaba.

Sus manos aferraron la cabeza de él fuertemente y la oprimieron como si quisieran hundirla dentro suyo.

Fuera ya de todo control estalló en un intenso y maravilloso orgasmo al que siguió otro, y luego otro y otro.

Casi ya sin fuerzas noto que él separaba la cabeza de su vientre y se tendía a su lado rodeándola con sus brazos.

Mas tarde, cuando estuvo lo suficientemente calmada notó que él susurraba a su oído:

-Te prometí que te demostraría todos mis sentimientos.

Diana demoró unos segundos y luego respondió dulcemente:

– Ahora te demostraré yo los míos… déjame hacer, por favor.

Se bajó de la reposera y arrodillándose a su lado le quitó rápidamente el pantalón de baño que lo cubría.

El prodigioso miembro de él apareció ante sus ojos totalmente erguido. Diana le pidió que permaneciera tan quieto y entregado como había estado ella minutos antes, a las caricias de él.

Lo besó suavemente en los labios introduciendo luego su lengua en el interior de su boca y comenzando con la lengua de él un juego altamente excitante para ambos. Después, mientras daba con su mano izquierda suaves masajes a los testículos y al pene de Diego, comenzó a descender con su boca recorriendo su pecho, mordisqueándole las tetillas y toda su piel hasta detenerse en la base de su miembro. Tomó su falo entre los dedos y acercó sus labios al inflamado glande.

Apenas podía abarcarlo con la boca; lo sentía palpitar mientras su lengua lo recorría deteniéndose en la pequeña abertura que lo coronaba y deleitándose al saborear el liquido pre seminal que manaba abundantemente.

Lo miró a los ojos tratando de transmitirle todo el placer que sentía mientras comenzaba, despaciosamente a mover su cabeza hacia arriba y hacia abajo, tratando en cada movimiento de abarcar la mayor cantidad posible de su magnífica masculinidad, mientras su mano continuaba acariciando muy suavemente sus testículos.

Diego gimió de placer y con sus manos apartó hacia atrás los cabellos de ella para poder tener una visión mas plena de su rostro. Se estableció entre ellos, sin palabras, una comunicación de tal plenitud como jamás antes habían tenido. Ambos, transidos de goce; estaban disfrutando hasta el paroxismo.

Diana redobló los esfuerzos para brindarle a su hermano el mas intenso deleite que pudiera él haber sentido durante una felación; quería regalarle algo que se aproximara al menos, a lo que él le había regalado minutos antes.

Sus dientes rozaban el borde del glande, que segundo a segundo se inflamaba bajo las caricias de su boca y su lengua.

Él volvió a gemir, esta vez mas roncamente, y le pidió que se apartara por que iba a eyacular.

Diana aceleró el movimiento de su cabeza y presionó mas fuertemente sus labios alrededor del pene, que estaba en su máximo grado de rigidez, mientras con la mirada le hizo comprender que deseaba continuar hasta el final.

Sus ojos se encontraron y los de Diego expresaron el agradecimiento que sus labios no pronunciaron.

Instantes después su cuerpo se convulsionó bruscamente y eyaculó su cálida simiente en una descarga interminable.

La boca de Diana recibió todo su néctar, el que degustó e ingirió con placer, no dejando que se perdiera ni una gota del mismo.

Su goce era total sintiendo la satisfacción que le estaba proporcionando a Diego, mientras el cuerpo de él, totalmente fuera de control, se estremecía sin cesar.

Diana continuó el vaivén de su cabeza manteniendo alojado ese delicioso pene en la calidez de su boca, y en la medida en que notó que su dureza disminuía, fue haciendo movimientos cada vez mas lentos con su cabeza, sin dejar de fijar sus ojos en los de Diego.

Mientras las manos de él continuaban acariciándole lentamente los cabellos, su mirada expresaba una maravillosa mezcla de satisfacción y agradecimiento; y así, suavemente, en la medida en que los movimientos de ella disminuían su ritmo, su respiración agitada se fue aquietando.

Cuando Diana notó su miembro totalmente flácido cesó la felación y volvió a levantar la mirada para ver los ojos de su hermano.

Estaban cerrados.

Ella se acostó a su lado sobre la reposera y, apoyando la cabeza sobre su pecho cerró sus ojos y también comenzó a dormitar.

De pronto, sin previo aviso, como suele suceder durante el verano en Buenos Aires, estalló un trueno en el cielo y comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia.

Sobresaltados, salieron de su somnolencia y tomados de la mano corrieron desnudos hasta la casa, en busca de refugio.

Olvidados quedaron, tendidos en el suelo junto a la piscina, la micro biquini de ella y el pantalón de baño de él.