Estoy casada y soy madre, jamás hice algo incorrecto hasta que conocía a esta familia de rusos que me sedujeron para follar frente a mi marido e hijo

Introducción

Nico era un joven de catorce años de ascendencia rusa que se mudó junto a su padre, su madrastra y sus tres hermanastros a una ciudad de Cataluña. Era extrovertido, pero en cierta manera le costaba sociabilizar. Quizá el motivo fuese el continuo abuso de sus tres hermanos mayores de edad y una madre que lo despreciaba a cada rato.

Poco después de su llegada e ingreso en un instituto público, consiguió un amigo español con el que rápidamente hizo muy buena relación. No tardó en ser invitado a su casa y a coger confianza, invitándolo también a la suya.

Fran tenía quince años, era amable y generoso, pero no se le daba bien relacionarse con los demás. Aceptó con ilusión a su nuevo amigo apostando por él y esforzándose porque aquella relación se volviese fructífera.

Después de pasar una primera tarde en casa de Nico, volvió varias veces antes de que surgiese el tema de reunir a ambas familias para conocerse. ¿Por qué no? Si los hijos se llevaban tan bien, tal vez incluso los padres podrían conocerse y llevarse bien.

La propuesta no desagradó en absoluto a la madre de Fran, pero sí a su padre. Él sentía una declarada aversión hacia los rusos, viéndolos como gente peligrosa, excéntrica y poco honrada. Los relacionaba con la mafia, las bandas y la droga; para él si uno era ruso, muchas posibilidades tenía de acabar en una de esas cosas.

Sin embargo cedió; ante el entusiasmo de su hijo y de su esposa consintió aquella comida un domingo en la casa de Nico sin ser consciente de lo mucho que se acabaría arrepintiendo.

Ya había comenzado mal el día, cuando descubrió a su hermosa mujer eligiendo la ropa con la que se vestiría. Si era una mujer cauta a la hora de elegir las prendas, aquel día parecía necesitar exhibirse.

Tal vez sintiéndose protegida por la presencia de su esposo y su hijo, la idea de verse bonita y causar buena impresión le hizo escoger aquel pantalón tejano tan ceñido, haciendo juego con aquella camisa de tirantes que le acentuaba sus enormes pechos. El grueso sujetador no consiguió disimular los pequeños bultos que formaban los pezones y que se percibían a través de la ligera tela de su camisa.

Sin embargo Fernando no dijo nada, dejando a su querida esposa hacer lo que le viniese en gana. Solo quería terminar con aquello y satisfacerla. Tal vez incluso aquellos rusos fuesen majos… aunque no estaba tan seguro de que pudiese ser posible.

Su instinto le decía que se acabaría arrepintiendo.

1. Calurosa bienvenida

Los dos padres, después de haber aparcado, siguieron a Fran por la avenida hasta el umbral de aquella puerta. Se miraron un instante mientras este picaba al timbre precediendo la apertura de la entrada a manos de la madrastra de Nico. Se mostró sonriente mientras se hacía a un lado para dejarlos pasar.

— ¡Hola! ¡Por favor, pasad! Bienvenidos. ¡Bienvenidos! -El adolescente fue el primero en pasar y en darle dos besos, seguido de cerca por su madre que se presentó la primera.

— ¡Hola! Gracias por invitarnos… Tú debes de ser Damatra, yo me llamo Jéssica -le decía la invitada a su anfitriona mientras se daban dos besos. A Fernando no se le escapó que la madrastra de Nico fulminó con la mirada el descarado escote de su esposa.

Para su opinión, Jéssica había ido a aquella reunión muy provocativa. Lo que no supo identificar era si Damatra se había ofendido de alguna manera por semejante descaro o simplemente tenía envidia, la cual de ser así sería totalmente improcedente. Aquella mujer de piel oscura y pelo negro tenía un escote incluso más provocativo que el de la madre de su hijo. Aún así, ni Jéssica ni Fran parecían haberse dado cuenta de nada de esto.

— Yo soy Fernando -se presentó en último lugar con dos besos antes de hacerse a un lado para dejar que ella fuese la que cerrase la puerta.

— Mi marido y los niños están en el comedor esperando. ¿Vamos?

El acento de la mujer recordaba a los rusos, a pesar de que ella era de origen rumano según les había explicado su hijo. Parecía mucho más simpática de lo que Nico a su amigo, asegurándole que no era tan buena como parecía: Según él, era tan mala y envidiosa como el demonio.

Damatra encabezó a los tres recién llegados hacia el comedor por un largo pasillo hasta llegar a una acogedor salón que no era ni muy pequeño ni muy grande. Había un sofá enorme con forma de “u´´ en el que perfectamente cabían nueve personas.

El padre de Fran se quedó de piedra al ver quiénes eran los cuatro hombres restantes de aquella familia de rusos: >>