Una confesión a mi novio y el fascinante mundo de la bisexualidad, quien atiende una tienda me hizo abrir los ojos

– Buenas tardes, doña Teresa…

– Buenas tardes, Tania. ¿Qué tal, guapa?

– Muy bien, gracias, ¿y usted? Vengo a recoger el encargo…

– Bien, como siempre. Termino con esta clienta y en seguida te atiendo…

– No se preocupe, no tengo prisa…

Y era verdad, no tenía ninguna prisa en que Teresa me atendiese. Había llamado poco antes a mi casa con la excusa de que ya habían llegado unas prendas que mi madre le había encargado y yo misma me ofrecí a recogerlas cuando volviese de casa de mi amiga Sonia. Ya os había contado mi primera experiencia lésbica con ella en su casa cuando se ofreció a mostrarme unas prendas de lencería que, como ella había supuesto, me quedaban como un guante.

Verla allí, con su melena rubia suelta y vestida con una falda estrecha por la rodilla conjuntada con una blusa con los botones desabrochados justos para que se viese su canalillo hacía que sintiese una deliciosa sensación en mi coñito. Me hacía la despistada mirando las prendas de los estantes sin dejar de observarla por el rabillo del ojo. ¿Es que no iba a terminar nunca aquella vieja?, pensaba para mis adentros deseando que por fin nos quedásemos solas. Desde nuestro primer encuentro, tan deseado por mi, había aceptado plenamente mi bisexualidad aunque fuese ella la única mujer con la que daba rienda suelta a mis deseos sáficos.

Harta de esperar cogí un conjunto de encaje de color azul noche y pasé disimuladamente a la trastienda, donde se encontraba su despacho. Allí me fui desnudando poco a poco, mirando mi reflejo en el espejo del pequeño aseo, especialmente de mi pubis para comprobar que no tenía vello de más aunque por mi costumbre de usar tangas lo llevase perfectamente depilado. Ver como mis pezones se transparentaban a través del encaje y como la parte posterior apenas tapaba mis nalgas, elevadas por los zapatos de tacón que me puse para acompañar el conjunto, me hizo empezar a excitarme y a duras penas pude reprimir el deseo de masturbarme, aunque una pasada de mis dedos me hizo notar la humedad que ya empezaba a emanar de mi interior. Absorta en modelar ante el espejo no me di cuenta de que Teresa había cerrado la tienda y había entrado hasta que noté sus manos acariciando mis caderas y sus pechos presionando mi espalda. Se había desnudado, quedando únicamente con un espectacular conjunto negro de tanga y un sujetador que sus enormes pechos amenazaban con romper. Eché mi cabeza hacia atrás recostándola en su hombro y pude sentir como sus labios recorrían mi cuello y me susurraban al oído.

– Estás preciosa, cielo…

– Gracias, cariño – le respondí abandonada a sus caricias.

– Ni te imaginas lo que te he deseado estos días…

– Y yo a ti…

Esto último se lo dije tras girarme y quedar frente a ella, todavía abrazadas y perdiéndome en sus preciosos ojos verdes, con nuestros labios apenas a unos centímetros. Podía sentir su respiración y sin dejar de mirarla a los ojos acerqué mis labios a los suyos. Fue un beso suave que volví a repetir, hasta que la pasión fue aumentando y nuestras lenguas se entrelazaban. Nos acariciábamos sin pudor, sintiendo la suavidad de nuestras pieles y nuestras piernas entre las piernas de la otra frotando nuestros sexos, notando como poco a poco me iba recostando contra la mesa del despacho.

Sus expertas manos apartaron las copas del sujetador, dejando mis tetas al aire, notando sus besos bajando por mi cuello hasta que noté su lengua en mi pezón, apenas un suave roce, hasta que sus labios se apoderaron de ellos. Me los chupó de tal manera que mis gemidos de placer aumentaron mientras notaba mi coñito cada vez más mojado, lo que sin duda ella podía notar en su pierna. Mientras su boca devoraba mis tetas sus manos bajaron poco a poco el culotte del conjunto desnudando mi coñito. Sentir sus labios y su pierna me hizo gemir todavía más fuerte.

– Estás chorreando, cariño…

– Ummm…… sí, ci-cielo…

– Me encanta notarte así, tan excitada…

– Ahhh… sí… pe-pero no… pares, cielo…

– No voy a parar, nena, quiero hacerte disfrutar…

– Ya… ya lo… haces… – apenas podía susurrar por sus deliciosas caricias.

Sus dedos ya se habían apoderado de mi coñito y acariciaban mi clítoris hasta que pude notar como se introducían en mi vagina, tan mojada que no tuvieron dificultad. Sentirlos moverse dentro de mi y sus labios hicieron que alcanzase mi primer orgasmo, corriéndome como una loca y empapando su mano. Mis gritos de placer debieron oírse en toda la manzana, pero no me importaba, sólo quería disfrutar de sus caricias. Sin embargo mi orgasmo no la hizo parar, sino que pareció estimularla para seguir con sus caricias.

Tenía los ojos cerrados y no me di cuenta de que se había desnudado completamente ella también mientras sus labios recorrían mi vientre hasta llegar a mi pubis. Sus labios besaron los alrededores de mi coñito, lo que hizo que levantase mis caderas para sentirlos más, hasta que noté su lengua lamiendo mi hinchado botoncito con sus dedos entrando y saliendo cada vez a más velocidad. Tan absorta estaba que no me di cuenta de que se había ido girando poco a poco sobre mí hasta que sentí algo húmedo contra mi cara. Era su delicioso coñito, a tan poca distancia de mis labios que apenas me costó trabajo alcanzarlo con mi lengua y dedicarle las mismas caricias que ella me daba a mí, enzarzándonos en un apasionado 69 que, en los breves momentos en los que separábamos la boca, nos hacía gemir como lobas en celo. Pude notar como su pelvis presionaba más mi cara, señal de que estaba a punto de correrse, lo que hizo que aumentase la presión de mi lengua y la velocidad de mis lamidas hasta que noté sus fluidos empapando mi cara, lo que me hizo alcanzar mi segundo orgasmo. Nos quedamos recostadas en la mesa, abrazadas y besándonos.

– Cada día lo haces mejor, nena – me dijo mientras acariciaba mi cabello y me miraba a los ojos.

– Tengo una buena maestra – le respondí volviendo a besarla suavemente.

– Yo tendré experiencia, pero tú eres un volcán, mi niña. Sólo hay que saber tocarte para que te desates…

– Nadie me había tocado nunca como tú, ni siquiera mi novio…

– Bah, hombres… – contestó con una sonrisa – Se creen que nuestro coñito es un cartón de bingo y nuestros pechos una bola de pan que tienen que amasar…

Este comentario me hizo esbozar una sonrisa de complicidad, ya que tenía toda la razón, mientras seguía sintiendo sus caricias por mi cuerpo. Las palabras volvieron a salir de mis labios, aunque un pensamiento repentino cruzó mi mente, una película a cámara lenta de mi novio mirándome y sonriendo…

– No quiero que dejemos de amarnos nunca – le dije en apenas un susurro.

– No, cielo, nunca dejaremos de amarnos…

– Nunca, cariño, pero…

– ¿Pero qué…?

– ¿Qué hago con mi novio…?

– Mira… No me importa que tengas novio ni que hagas el amor o folles con él. Soy lesbiana, pero tú eres bisexual, así que disfrútalo. De verdad que no me importa, lo único que te pido es que nunca dejes de desearme, como yo te deseo a ti… – Esto último lo dijo mientras volvía a besarme.

– Pero… ¿qué hago…? ¿Se lo digo, no se lo digo…?

– Eso ya depende de ti, de si crees que lo entenderá y lo aceptará o no, pero la primera que tiene que estar segura eres tú…

– Ya, cielo, si yo lo estoy, pero es que…

– Es que crees que si se lo cuentas podrá sentir cierto rechazo por ti, ¿no?

– Sí, bueno… No sé cómo reaccionará…

– Te entiendo pero, verás, muchos hombres tienen la fantasía de ver a su pareja con otra mujer. Lo único que tienes que hacer es dejar que surja, sin agobiarte, habrá alguna manera para que, digamos, se lo insinúes…

– Ya veré cómo lo hago, no quiero ocultarle nada…

– Tranquila, ya verás como no protesta…

Sus palabras se acompañaron de una sonrisa cómplice, volviendo de nuevo a besarnos y acariciamos hasta que terminamos en un nuevo 69 que culminamos entrelazando nuestras piernas en la posición de la “tijera”, frotando nuestros coñitos hasta que ambas alcanzamos un nuevo y demoledor orgasmo

El encanto se rompió cuando me di cuenta de la hora que era y de que tenía que volver a casa. Besándola me levanté y me empecé a vestir, poniéndome el mismo conjunto. “Quédatelo, cielo…”, me dijo con una sonrisa, a lo que le contesté con un pícaro guiño de ojo. “Era lo que pensaba hacer”, dije terminando de vestirme y volviendo a besarla, acercando mi cabeza a su coñito y dándole una suave lamida de despedida. A continuación salí de la tienda sintiendo sus ojos fijos en el vaivén de mis caderas. Cuando llegué a casa, después de cenar, decidí darme una ducha, teniendo que masturbarme de nuevo al recordar el delicioso encuentro con Teresa.

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Los días fueron pasando y nuestros encuentros se repetían cada vez más a menudo, aunque también tenía deliciosos y placenteros con mi novio en los que la imagen de Teresa pasaba por mi mente, haciéndome alcanzar unos orgasmos increíbles que inflaban el ego de mi novio, ya que creía que era él quien me los provocaba aunque, la verdad, no follaba nada mal.

Pasada la primavera, un fin de semana casi a comienzos de verano, Teresa tuvo que viajar al pueblo para arreglar una casa familiar que dedicaba al turismo rural, pidiéndome que la acompañase, así que les solté una pequeña mentira a mis padres y el viernes por la tarde estábamos saliendo hacia el pueblo, donde nos pasamos todo el fin de semana desnudas, haciendo el amor y tomando el sol y bañándonos en la piscina, hasta que tuvimos que volver a Madrid, luciendo ambas un espectacular bronceado.

Ese detalle, el moreno que yo lucía, pareció extrañar un poco a mi novio ya que, supuestamente, habíamos estado limpiando y adecentando la casa, aunque su extrañeza pareció irse tan rápido como había venido. Las cosas se desencadenaron una tarde que estábamos los dos en su casa viendo una película.

Digan lo que digan, “Tomates verdes fritos” es una película preciosa que encierra una relación lésbica, aunque tan poco plasmada en la pantalla que prácticamente pasa desapercibida. Mirábamos la pantalla hasta que las palabras surgieron de su boca.

– Nena…

– Dime…

– ¿Nunca te has sentido atraída por otra chica…? – Este comentario resonó en mi cabeza como un obús y casi inmediatamente pensé en Teresa.

– Bueno… La verdad es que reconozco que hay algunas chicas muy atractivas… – Esto último fue una verdad o una mentira a medias, según cómo se mire, ya que sabía perfectamente por dónde iban los tiros.

– No, ya, yo también reconozco que hay hombres muy atractivos… Pero me refiero sexualmente, si alguna vez has sentido deseos de estar en la cama con otra mujer…

Era el momento, aunque tenía que tener cuidado de cómo decírselo, así que preferí actuar. Empecé a besarle sintiendo su lengua dentro de mí, mientras pasaba mi mano por su torso. Mi mano fue bajando hasta empezar a presionar levemente el bulto que a esas alturas ya se había formado bajo sus vaqueros, mientras sus manos tampoco se estaban quietas y jugaban con mis pechos debajo de mi camiseta. La verdad es que sabía excitarme, aunque no tan bien como Teresa, y mis caricias subieron de nivel liberando su pene de su encierro y masturbándolo suavemente. Decidida, bajé mi cabeza y empecé a lamerla, sintiéndola durísima, hasta que me la metí en la boca prácticamente entera para hacerle una mamada que le hacía suspirar y gemir de placer con los ojos cerrados y su mano sobre mi nuca acompañando mis movimientos.

A la vez que se la chupaba me iba desnudando, despojándome de la minifalda que llevaba y de mi mojado tanga, recostándole a continuación y subiéndome sobre él para guiar con mi mano su polla hasta la entrada de mi coñito. Tan mojada estaba que no me costó trabajo clavármela hasta el fondo de mi vagina y cabalgándole hasta que me corrí por primera vez, cachonda perdida por su miembro y sus palabras. Era el momento de confesar…

– Oh… cielo… qu-qué bien… me follas…

– Sí, zorrita… muévete, cabalga como tú sabes…

– P-por Dios… qué… polla tienes… Me… en-encanta… sentirla… tan dura…

– Tu coñito… sí que es una delicia… tan apretadito…

– Ca-cariño…

– ¿Sí…?

– Tengo que… confesarte algo… – para poder decir esto tuve que bajar un poco el ritmo de mis caderas…

– Tú dirás…

– Es que… hace tiempo que mantengo… relaciones con otra mujer – pude notar como su polla se ponía más dura todavía dentro de mí…

– ¿De verdad, cielo…? ¿Quién es, la conozco…?

– Sí, cielo. Es… Teresa, la dueña de la tienda de lencería. Llevamos acostándonos casi medio año…

– Uffff… Pe-pero esa mujer es espectacular… Lo que no me imaginaba es que fuese lesbiana…

– Pues lo es… – respondí sintiéndola todavía más dura y aumentando el ritmo de mis caderas.

– Y… ¿en la cama qué tal…?

– Espectacular, cielo, increíble…

– ¿Te folla bien…?

– Bien no, lo siguiente. Es una diosa…

– Uffff… Qué cachondo me pone lo que me dices… ¿Y tú crees que…? – hizo una breve pausa.

– ¿Qu-qué… cielo?

– Si crees que me dejaría veros haciéndolo…

– Eres un pervertido… pero me vuelve loca como me follas…

Se lo dije sonriendo y contrayendo los músculos de mi vagina para presionar su polla, notando como se acercaba al orgasmo, así que aumenté la velocidad de mis caderas, moviéndome como una posesa ensartada en su polla, sintiendo como empezaba a correrse dentro de mí, llenándome el coñito con su caliente semen, lo que hizo que me corriese de nuevo gritando de placer.

Nos quedamos abrazados en el sofá acariciándonos y dándonos suaves besos, acurrucada entre sus brazos, mientras mi mente pensaba que ahora tenía otro problema, y era saber si a Teresa le gustaría la ocurrencia de mi novio…

Besos a [email protected]!!!