Una enfermera que hace hasta lo imposible por complacer en todo lo que pueda a sus pacientes

La siguiente es una historia ficticia, cuyos componentes se basan en situaciones e individuos existentes. Esta se desarrolla de manera convenientemente integrada para lograr su particular desarrollo.

“Mi nombre es Renata. Tengo veintinueve años y soy enfermera de profesión. Mi vida había dado un terrible traspié después de la muerte de mi novio y buscando una profunda razón, decidí que necesitaba dedicar mi vida a esto. Así creo justificarme.

Me especializo en el cuidado de ancianos e impedidos físicamente digamos, aunque al principio de mi carrera, tuve que hacer de todo: emergencias, traumas, participar en las cirugías y cosas por el estilo. De cierta manera, nos llama el anhelo de salvar vidas, o por lo menos, hacer la diferencia, aunque al menos sea para un paciente.

Haciendo mis rondas o guardias, veo pacientes que nunca verán alguna mejoría en sus condiciones: parapléjicos, pacientes de cáncer o SIDA, diabéticos, ancianos; ya saben, los desahuciados. He ahí el motivo de mi relato.

Mis turnos han tendido a ser tarde por la noche y las madrugadas. Eso me hace muy requerida en sala de emergencias, pero hay días, o realmente noches, donde solamente tengo que bañar u observar de manera lastimosa pacientes terminales o de largas estadías. Supongo que los peores son las víctimas de quemaduras severas, porque para ellos, no hay día ni noche, ya que sus dolores no les dejan dormir, y a ellos, a diferencia de a los cancerosos, no se les puede dar morfina. Los pacientes que me han marcado muy jóvenes algunos particularmente atractivos, en su mayoría, hombres, pero algunas mujeres sí me impactan con sus predicamentos.

En la escuela de enfermería, nos enseñan a evitar la estimulación de los órganos genitales de nuestros pacientes al bañarlos o al examinarlos. La doctrina dicta que tanta excitación podría exacerbar lo que sea que padezcan, pero yo sé que es para evitarle demandas al hospital por lo que podría considerarse como abuso sexual.

Una vez, ya no recuerdo cuándo, sí tuve un “accidente” al bañar a un anciano, y me limité a lavarle un poco más para hacer desaparecer la “evidencia”. Al paciente no le quedaron fuerzas para gemir durante el percance, pero se quedó tranquilo, hasta feliz. Yo ya no era novata cuando eso me ocurrió, así que no le di mucha importancia. Tomé nota mentalmente de que debo ser más precavida con los de mayor edad, para que no sufran un infarto. Pero con los más físicamente aptos, dentro de su condición, me volví ciertamente más temeraria.

La vez que encontré a un joven, que había sufrido un accidente en motocicleta, verdaderamente me preocupé de cuán quebrantada quedaría su vida si perdiese sensación allá abajo, así que hice algunas movidas y logré que quedara a mi cargo por algunas horas. Me acerqué algún rato después de administrarle medicamentos y le levanté su sábana sin que se diera cuenta. A veces, los tanteo mientras duermen, pero llega el momento en que los necesito despiertos y alertas, esto es más fácil al bañarlos que cuando están en sus camas. Lo manipulo, en realidad, lo masturbo, y al despertar, finjo anotar en su expediente algo acerca de sus reflejos. Este ya había perdido sensación y me conmoví, y salí corriendo hacia el saloncito para allí poder llorar. No se por qué pero todos mis traumas se abalanzaban hacia mi de forma mísera, mi difunto novio, mi despótico y abusivo padre, mi indiferente madre. Me recompuse. Menos mal que nadie se dio cuenta. Asi que a este chico lo descarté pronto, aunque sí le brindaría la atención requerida, pero de vez en cuando. Desde entonces, son muy pocos los lesionados de columna vertebral con los que hago mis “experimentos”.

Hubo otro paciente con quemaduras, al que milagrosamente las llamas no le alcanzaron el pene. Se quejaba de dolor y suplicaba por sedantes, pero le insistimos en que no se les pueden administrar, y mucho menos, cada vez que se le antojara. Cuando le tocó el baño, le hice la proposición:

– Si te aguantas como todo un hombre, yo te trataré como a tal.

– ¿A qué te refieres, “como todo un hombre”? ¡Rayos! Me duele mucho.

Era obvio que hasta algunas porciones de su carne se le desprendían. Pero me aguanté el asco y horror y le expliqué con la mayor sangre fría que pude. Mirandole a sus ojos encendidos por el sufrimiento le intente expicar:

– Precisamente para eso necesitas serenarte, para que los injertos de piel sanen por completo.

Lavé con cuidado para que la piel nueva no se desprendiese, y mantuve mi vista fija sobre su órgano genital, ya que era lo menos desagradable que se mostraba ante mí. El notó que lo miraba allí y entonces le confesé:

– Tienes un miembro muy bonito. Apuesto a que al salir de aquí, tu novia se sentirá complacida por ello.

El arte de la sutileza no lo tenía muy bien dominado, pero él solamente respondió:

– Gracias. ¿Tienes ojos muy bonitos sabes?

Entonces hice mi jugada. Acaricié su falo con mucha delicadeza, por temor a lastimar la piel circundante, y lo rodeé con una toallita. Bombeé suavemente, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, al contrario de como enseñan lacónicamente en la materia, que dicen que solamente sea en una dirección, y muy brevemente. Pero yo me sentí hipnotizada y deseaba ver brotar semen. Le pedí que se mantuviera en silencio, pero ahora, sus gemidos eran de placer y no de ardor o de frío. Finalmente, solté la toallita y lo enjaboné directamente con mi mano, y me recompensó con una sensación cálida y pegajosa. Le eché un poco más de agua tibia para enjuagarlo, y lo lavé otra vez. Me lavé las manos mientras él recobraba el aliento y lo ayudé a vestir y a que llegara a su cama. Murmuró:

– Muchas gracias. ¿Cómo debo recompensarte?

– Bueno. Solamente cumple con las indicaciones del médico y sé valiente.

Pronto se quedó dormido, y poco a poco, fue tolerando más estoicamente su tratamiento, aunque se encaprichó con mis “terapias” pero yo se las racioné. Trató de chantajearme con avisar a los demás, pero yo le dije que si me despedían, yo no lo podría complacer más.

Un día llegó otro paciente con múltiples fracturas, por otro accidente de automóvil, y yo estaba esa noche en sala de emergencias, cubriendo a una enfermera ausente. Después de estabilizarlo y asignarle una habitación, yo misma me ocupé de entablillar y enyesar sus extremidades. Estuvo sedado por bastante tiempo para que sus huesos sanaran otra vez. Cuando una pierna soldó lo suficiente, el ortopeda la puso en tracción para devolverle su tamaño y forma, y así el paciente no cojearía al volver a caminar.

Con éste, me arriesgué un poco más, ya que no me podía esconder con él en la bañera. Así que, a cierta hora que el personal era escaso, cerré la habitación, las cortinas, le levanté la sábana, y procedí a mamar su pene. El era un poco mayor y su vello púbico, que le fue afeitado durante los procedimientos más fuertes, le creció otra vez y me molestaba un poco en mis labios y mi nariz. Tardó poco en ponerse erecto, pero bastante más en eyacular. Me excité tanto que quise montar en él, pero tenía fracturada la pelvis y yo tenía que andar con mucho cuidado.

Pronto establecieron un tipo de hospicio para que estos pacientes convalecieran sin que ocuparan por tanto tiempo las camas de hospital, que son más necesarias en tiempos de epidemias o casos más urgentes, y algunos de mis “pacientes” se iban desapareciendo. Me tuve que poner más selectiva al elegir a mis “victimas” para que sus lesiones no fuesen impedimento, porque todavía ansiaba sentir un miembro viril dentro de mí, siendo todo el placer para ellos, dadas sus postraciones.

La oportunidad se dio con un paciente de cáncer, a quien se le extirpó un tumor, no especificaré dónde, y estuvo esperanzado por una prognosis buena. Me miraba con mucho interés, y yo se lo atribuí a su buen ánimo, y decidí que con él era la cosa. Lo visité una noche tranquila, sin mi ropa interior y con un condón. Me dirigió una mirada de complicidad y me puse a horcajadas sobre sus caderas, y me desabroché mi blusa, y él levantó sus manos para acariciar mis cafecinos pezones. Lo hizo largamente, y recordé cuán brevemente lo hacía mi ex-novio, quien sólo quería pasar a penetrarme a toda prisa y me dejaba insatisfecha. Nunca pudimos explorar mas allá de lo que hubiese deseado. Ahora sería yo quien gimiera, pero mordí mis labios y luego me acerqué a su pene para ponerle su “sombrerito”. El alcanzó mi clítoris y yo me estremecí, y así me abalancé para penetrarme yo misma. Un temblor recorrió por ambos cuerpos y yo me retorcía mientras subía y bajaba, ya no con una mano o con un paño, sino con mi vagina, con todo mi cuerpo. Llegué pronto a un “altiplano” o a una “montaña” de placer, pero pronto él eyaculó y ambos nos impacientamos porque mi clímax no llegaba. Pero de pronto, mi cuerpo cobró vida propia y fui yo quien eyaculó, o al menos, eso pareció, porque de mi vagina brotó mucho jugo vaginal. Lo había deseado tanto que mi cuerpo reacciono a mi favor. El mareo fue delicioso, mejor que con cualquier bebida o droga. Fue necesario que yo reposara sobre su cuerpo para recobrar mi equilibrio, y después, descartar el condón y lavar las secreciones que yo esparcí. Fue un trabajo sucio, pero bien valió la pena.

Con ése y con otros pacientes, traté esa y otras peripecias. Al bañar algunos pacientes, desnudaba mi sinuoso y esbelto cuerpo también y me sentaba sobre ellos. Quizas esa era una ventaja, al tener un cuerpo atlético, podía manejarme de diferentes maneras. Así también probé el sexo anal, porque hasta allí no solía llevar condones, y es que era más fácil deshacerme de éstos de noche. Enjabonaba sus penes mucho más, y luego, me sentaba a hacer mis movimientos. Hubo algo de dolor, especialmente si el pene resultaba ser grande, y el orgasmo se tardaba un poco más, pero la ventaja era que yo podía retener el semen por ahí o botarlo al defecar, lo que tendía a ocurrir más pronto de lo que yo hubiese querido, pero la ventaja era poder cruzar de una bañera a un inodoro y allí deshacerme del “cuerpo del delito”.´

Una noche, hubo una emergencia en la cual tuvieron que activar a todo el personal, una clave cuyo color ya olvidé, y como yo me encontraba en plena faena, tardé mucho tiempo en salir a atenderla. La primera vez, solamente me dieron una reprimenda sin hacerme preguntas, pero quedé bajo vigilancia. Pero ocos días después, la madre del paciente canceroso lo vino a recoger, porque entró en remisión, quisiera yo pensar que fue por mi trato especial, y de algún modo, ella se dio cuenta, porque me acusó ante la administración. Traté de negarlo todo, pero ellos, para salvaguardar el buen nombre de la institución, me obligaron a renunciar, mi silencio a cambio de una buena recomendación.

En el otro hospital, traté de controlar mis instintos, pero como yo no lograba mantener una relación con un hombre fuera del trabajo por mi horario tan inconveniente, pronto volví a las andadas. Me llegué a sentir como una vampira o depredadora, escogiendo con quién y en qué momento sería posible un encuentro sexual con pacientes de mi ala o de otra, para despistar. Ahora se me estaba dado por escoger pacientes en etapa terminal, pero que tuvieran algún ánimo, evidentemente. A una paciente, víctima de violencia por parte de su cónyuge, le mamé la vulva, ya sea por lástima, curiosidad o por locura de mi parte. Había tenido practicas lésbicas con algunas amigas en la preparatoria. El caso es que ese cambio en mi patrón me puso en evidencia, y fui despedida nuevamente.

Con ligera modestia puedo decime muy competente, y por eso lograba conseguir empleo pronto, pero lastimosamente mi mala reputación me alcanzó y pronto los hospitales me evitaron como a una plaga. Una mañana, solicité un empleo como cocinera en otro hospital, y aún así, se negaron a contratarme. Salí apesadumbrada, y me insultaba a mí misma por haberme yo misma cerrado tantas puertas, por mis malas peripecias.

Pero una se abrió ante mí de la manera más inverosímil: era la puerta de un automóvil lujoso que se detuvo a la orilla de la acera por donde yo caminaba al salir del hospital rumbo a casa. Y vi bajar a la madre de mi paciente de aquella vez. Ella me llamó, preguntando:

– ¿Es usted la enfermera Renata?

– Bueno, mi nombre sí es Renata, pero ya no soy enfermera. ¡Un momento! ¿Quién es usted? Claro. ¡Usted… por usted, me despidieron!

– Sí, yo misma la acusé ante la junta del hospital… Entiendo su resentimiento. Pero ahora, la necesito. ¿Recuerda a mi hijo, Rob?

Mi corazón dio un vuelco, porque aparte del placer que le saqué a ese muchacho, le guardaba mucho cariño.

– Sí. ¿El está bien? Los doctores dijeron que quedó libre del cáncer.

– Sí, salimos muy esperanzados, pero no permaneció sano por mucho tiempo. Comenzó en la universidad, pero volvió a sentirse mal. Ahora, los médicos me dicen que su cáncer se ha metastasiado o algo parecido.

No entiendo cómo le pudo pasar esto.

Me apoyé del guardalodos de su automóvil porque yo estaba por desfallecer. Todo el rencor que sentía por esa vieja desapareció y le pregunté:

– ¿Hay algo que yo pueda hacer?

– Pensé que usted me rechazaría, pero venga conmigo. En la casa se lo explicaré.

Me abrió la puerta a su lado y encendió su motor para ir a la casa. Era de clase media alta, suficientemente grande para impresionarme. Me llevó a su habitación y lo saludé:

– Hola, Rob.

Me contestó débil pero alegre:

– Hola, Señorita Renata.

– Me dice tu madre que volviste a la universidad.

Le comenté al ver un libro de texto que tenía sobre su mesita. El explicó:

– Ahora… estoy de vacaciones…

– Está bien. Descansa…

Y salí un poco aprisa. Me dirigí a la madre:

– Dígame, Señora Lucy, ¿exactamente, qué desea de mí?

– Quiero contratar tus servicios para que cuides de mi Rob, de nuestro Rob. Renata, sé el cariño que sientes por mi hijo, no meramente es lástima. Hija, cuando le daban los dolores, el nombre que pronunciaba era el tuyo: ¡Renata, Renata! Solo tú tienes ese toque especial…

No quise escuchar más. Era un vil chantaje, ante el cual comencé a ceder. Mi entrepiernas se humedecía más que mis mejillas, y respiré profundo, sabia lo que tenia y lo que quería hacer. Comencé a quitarme la ropa estando de nuevo en la habitación… Rob me miró sorprendido, pero yo lo calmé, diciendo:

– Sh, sh, ya está bien. He venido para atenderte muy bien…

Rob sonrió y su pene formó una tienda de campaña en su pijama. Yo se lo saqué y saltó totalmente rígido. Me fui a sentar sobre él, pero algo me detuvo:

– Doctora, ¿se olvida acaso de sus instrumentos?

Gire sorprendida y era Lucy, quien me ofreció un condón ya abierto. Lo tomé aprisa, con enorme deseo y ya sin ningún pudor, estando allí esa vieja. Se lo puse a Rob con mucho cuidado, y ahora sí me empalé con él. ¡Ohh! Aquella sensación que yo experimenté con él aquella vez, ¡estaba ahí otra vez! Contraje un poco mis paredes vaginales y comencé a cabalgar. Parecía un sueño, de los que tuve cuando me quedaba desempleada, ¡pero ahora, era realidad! Arriba, abajo, arriba, abajo, una y otra vez. En verdad, yo tenía todo lo suyo dentro de mí. Alcancé sus manos y me las llevé hacia mis pechos, y mis pezones ardieron al contacto, reflejándose ese placer en mi vulva, atravesada por uno de los penes que yo creí que nunca volvería a sentir dentro de mí.

– ¡Oh, oh, ayyyy!

Reboté más rápidamente, más desesperadamente. Me pareció que su condón se inflaba y yo también…

– ¡Ahh, aahh, aaaaaahhhhhh…!

El orgasmo que tuve parecía que me había electrocutado. Gimoteé de alegría y traté de levantarme, pero mis piernas no respondían. Sollocé embargada por tantas emociones viejas y nuevas. Entonces, la señora vino en mi auxilio otra vez y me tomó por mis hombros y me sacó el pene de Rob. Mi estado de ánimo tendió a la melancolía por sentirme de pronto tan vacía… Lucy me tomó por la cintura y me sostuvo hasta el baño. Reconocí la colocación, incluso, la sillita plástica donde se sienta al paciente. Ella me sentó, porque yo ya no podía conmigo misma, se quitó una bata a la cual se había cambiado y comenzó a mojarme y enjabonarme. A mí ya no me quedaba ansia sexual, pero la dejé mimarme. Ella comenzó a explicarme:

– Como comprenderás, yo no podría hacer esas cosas con mi propio hijo, y por eso, te empecé a odiar por la manera en que te aprovechaste de él. Pero comprendí que sólo tú puedes darle ese amor que yo sé que tienes. Quiero que seas su enfermera, su amiga, su novia, su esposa, su amante, su ramera, en fin, su “enfermera del amor”. Tú le darás lo que yo no puedo, además, te pagaré el doble de lo que te pagaban en aquel mugroso hospital… ¡Por favor! ¡Quedate!

– Está bien, está bien… ¡Lo haría hasta gratis!

Respondí yo, incapaz de resistirme a su insistencia. En verdad, estaba dispuesta a cobrar mi salario en semen, siempre que fuese el de Rob, mi Rob, ¡nuestro Rob!

Ella me lavó y hasta aprovechó para darme caricias eróticas en mis senos y mi clítoris, pero ya yo no necesitaba más placer en mi propio cuerpo, así que le sugerí aludiendola:

– ¿Por qué no deja que yo le demuestre mi talento con los pacientes geriátricos?

Respondió con sarcasmo juguetón:

– ¿Geriátrica yo?

Y me empujó de la sillita para sentarse ella. Yo me arrodillé y le enjaboné la barriga, un poco llenita, y las piernas y pies, luego me paré detrás de ella y lavé sus mejillas arrugadas, por las cuales, muchas lágrimas debieron haber rodado por su hijo… Surqué por su cuello, hombros y espalda, para rodear y hasta amasar sus tetas caídas, las que envidié por haber sido las primeras que Rob haya mamado. Volví a arrodillarme para enjabonar su vulva, no tan diferente de una más joven, porque allí abajo, casi todas somos iguales. La enjuagué un poco para lamerla y chupar su clítoris.

– Sí, sí. ¡Ay, nena!

Exclamó mi, ahora, patrona, golpeando su espalda contra el apoyo de la silla. Yo la detuve por los muslos, y hasta los alcé para alcanzar mejor su perineo y ano.

– Ooh, ¡Uuuyyy!

Y con eso, se estremeció, y fue entonces cuando ella se desplomó y a mí me tocó cargarla hasta su habitación. Nos acostamos juntas, viéndonos nuestros contrastantes cuerpos, aún mojadas, y le comenté:

– ¿Sabes lo que más me gusta de trabajar aquí?

– ¿Qué?

– Que no tengo que estar lavando mis “embarres”

Ella se imaginaba que le contestaría que podría tener todo el sexo que deseara sin tener que esconderme por temor a ser despedida. Así que se sorprendió lo suficiente para encontrarle chiste a mi respuesta, y finalmente, me dijo:

– Perdóname.

– Estás perdonada.

– Es que no supe comprender lo que le dabas a mi hijo…

– Está bien, ya todo está arreglado.

La abracé muy fuerte, y hasta sentí que la amaba a ella también. Nos quedamos dormidas, pero nos desvelamos al oír los gemidos de dolor de Rob. Corrimos así desnudas a ver qué le pasaba. Yo, como por impulso, quise revisar sus señales de vida, y me di cuenta de dónde estaba… Cada una de nosotras le tomó una mano y le acariciábamos la frente mientras él se retorcía, y luego, recordé qué medicamento administrarle. Ella sostuvo a su hijo mientras yo lo inyecté, y tras algunos minutos, éste se serenó. Volvió a mí la ansiedad de atender un paciente al que ya no le quedaban esperanzas, y vi como a su madre le pasaba lo mismo. Nos abrazamos a llorar, pero nos forzamos mutuamente a salir y que él no viera nuestro dolor. Así abrazadas, nos derrumbamos en la cama de la señora para tratar de descansar hasta que se le pasara el efecto del sedante a mi paciente.

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Lucy y yo compartíamos la responsabilidad de cuidar a Rob, pero había cosas que solamente yo podía hacer, como inyectarlo o hacerle el amor. Los médicos, al verme acompañar a esta familia, se sorprendían o hasta se enojaban, pero mis patrones, Lucy y Rob, me defendian con uñas y dientes, aunque con mucha discreción. Hasta mentían por mí.

Mientras pude, me senté sobre él para tenerlo en mi ano, aprovechando que no había prisa por sacarme su semen. Cuando él se puso demasiado débil, solamente se le podía mamar, ya que no levantaba, y a veces, su pene flácido apenas alcanzaba la eyaculación, la que yo bebía ávidamente, ante la posibilidad de que fuese la última. La madre, abnegada como siempre, esperaba las sobras de amor que yo pudiese darle, y ahora tenía ella que llevarme al orgasmo, porque no podía pretender que el chico, en su condición lo pudiera hacer. Aún así, todo aquello me llenaba como mujer, más que cualquier futuro novio, por serio que pretendiera ser.

Cuando llegó el momento que ambas temíamos, él demostró más serenidad que nunca, ya que sabía que las personas que él más amó quedarían juntas para siempre. Sostuvimos sus manos hasta que él se quedó sin fuerzas, y entonces, ambas perdimos la compostura. Tratamos RCP, aún sabiendo que él ya se había ido, y luego, nos tiramos al piso a gritar de desesperación. Pronto nos callamos, pero seguíamos muy abatidas para levantarnos del suelo. Tras casi una hora, ella se levantó y llamó al médico de cabecera y me dijo:

– Renata, levántate; necesitaré tu ayuda…

El médico vino y yo le expliqué lo que había pasado. El dejó lleno el certificado de defunción, y junto con Lucy, hicieron los arreglos para llevarse a Rob a la funeraria. El sepelio fue emotivo, y la madre y yo nos sostuvimos mutuamente cada vez que una de las dos desfallecía. Al descender el ataúd a la tumba, ambas quisimos saltar allá adentro, pero nos contuvimos para no quedar en ridículo, y nos conformamos con echar varias flores a la fosa. Caminamos abrazadas porque nuestras rodillas nos temblaban demasiado y yo fui quien condujo de regreso al hogar. Nos tiramos al sofá a delirar, y luego, nos duchamos juntas. Pronto el placer sexual se despertó en ambas y nos besamos y acariciamos. Al salir de la ducha a la cama, me puse como para darle 69, pero ella me dijo:

– Espera, te tengo una sorpresa.

Sacó de una gaveta un consolador con trabillas y se lo puso en sus caderas, apenas cubriendo su vulva. Se acostó sobre mí y me lo metió en mi vagina. Al ser artificial, lo sentí muy grande, duro y frío, pero el vaivén que la señora le imprimía me hizo aceptarlo con mucho placer, y luego comenzó a bombeármelo con fuerza. Yo pasaba de un orgasmo a otro con mucha facilidad, y luego, le dije:

– Para, por favor. Ahora es mi turno.

Se lo quitó rápida y alegremente, me lo ajustó, y luego, se acostó en la misma posición misionera en la que yo yacía, y yo procedí a penetrarla. Mis jugos vaginales lo hicieron mucho más fácil de lo que pensé y me contagié de su frenesí al ser yo la que hacía el papel de hombre sobre ella. Ella también tuvo que detener mis embestidas cuando se sació de orgasmos. Así hicimos para poder pasar los primeros días de ausencia de nuestro amado Rob, mi Rob, su Rob.

Tiempo después, ella ejerció algunas influencias para que yo pudiera trabajar en hospicios y que yo no desperdiciara mi talento con los pacientes, y hasta me protegió de demandas y acusaciones, después de todo, mis clientes reclamaban mi toque especial. Yo le pregunté con cierta diligencia:

– ¿No te sientes celosa de que yo sea una prostituta disfrazada de enfermera?

– No, Renata, celosa me sentiría si no hicieras esto por nuestros pacientes.

Y es que ella también ya “trabajaba” con algunos, los más mayores, pero a veces, se encaprichaba por algunos jóvenes. Y yo, feliz.

Mi “jefa” tomó el estandarte de nuestro modo muy particular de dar “calidad de vida,” y por algún tiempo, montamos un hospicio para los que llamamos “envejecientes” y otros pacientes con lesiones o condiciones degenerativas. Además, de cuido, alimentación y medicamentos, había rehabilitación física, manualidades y actividades intelectuales. Ella fue recibiendo mayor presión por parte de la comunidad por nuestro estilo de vida y no logramos una matrícula razonable. Aunque Lucy luchó valientemente por nuestro sueño, éste quedó tronchado y ella murió repentinamente, y ni siquiera pude socorrerla o ayudarla a pasar al más allá con un poco de placer, ya sea conmigo o con algún paciente. Fue sepultada junto a su amado hijo y sentí que yo moría con ella, y ahora, no habría quién me sostuviera al contemplar el sepelio. Al llegar a la casa, amarré su consolador a una almohada y lo cabalgué, y aunque llegué al clímax, me sentí culpable y solitaria.

Un día, su abogado me llamó y me dijo que, al constituirse la sociedad especial para administrar aquel hospicio, yo quedé como su única heredera. Yo no me esperaba esto. Pero al volver a trabajar con mis pacientes, volví a comprender el propósito de mi existencia, el dar un consuelo que las instituciones no están dispuestas a dar a los que sufren.

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Los años pasaban, y yo seguí haciendo lo que sé hacer: ser enfermera extra-complaciente, y aunque mi atractivo y vigor menguaron, me mantuve ocupada en mis causas mientras tuve fuerzas para ellas. A la larga, envejecí tanto que yo misma fui a parar a un asilo de esos “envejecientes”, ya que quedé sola, mi familia biológica me había dado la espalda desde que tuve mis primeros escándalos en aquel hospital. La fortuna que tenía la fui consumiendo en cuido y medicamentos, y hasta tuve que vender la casa para pagar mis gastos, y además, yo ya no pude hacerme cargo de una propiedad tan imponente. Yo dejé una cláusula en mi última voluntad para obtener el mismo trato que yo prodigué a mis pacientes, pero los cuidadores la consideraron aberrante y la arrancaron de mi expediente y la arrojaron a un cesto para basura.

Yo me fui debilitando y perdí la esperanza de que alguien atendiera mis necesidades especiales. Las enfermeras me bañaban como lo dictaba el libro de texto, evitando a toda costa el excitar mi líbido, y mucho menos, permitirme un orgasmo. Me fui cansando de masturbarme, porque no tenía oportunidad en el baño, y cuando lo hacía acostada, los ordenanzas veían mis sábanas con verdadera repugnancia cuando las cambiaban al otro día.

Una noche, llegó un conserje sigilosamente, para que el personal no lo viera venir a donde yo estaba. Me preguntó:

– Con permiso, ¿es usted la Señora Renata?

– Sí, ¿quién es usted?

– Mi nombre es Marcos. Trabajo en la limpieza de este hospicio.

Vagamente recordé que un conserje me sorprendió en uno de los hospitales y comenzó a chantajearme, haciendo que yo le mamara su pene o dejándome sodomizar. Esas veces, no las disfruté mucho. Quizá por eso le reclamé:

– ¿Qué quiere?

– Por favor, perdone mi atrevimiento, pero recibí una carta suya…

– ¿Carta? ¿Qué carta? No recuerdo haber escrito alguna.

– Pero, si aquí la tengo.

Y me la mostró. Era mi petición especial para recibir sexo durante mi estadía en el asilo. Estaba vieja, manchada y rota, pero al menos, no la pasaron por una trituradora. De hecho, era una fotocopia. Me explicó:

– Por favor, no se enoje. La carta original se estropeó demasiado, pero antes, logré copiarla. Esta tiene menos de un año.

Hizo una pausa, lleno de nerviosismo y vergüenza, y me preguntó:

– ¿Todavía quiere que alguien le haga esas… cosas?

Al principio, me ofendí por su sugerencia, ya que yo había perdido mi buen humor, con el que yo protegía mi psiquis tras los bochornos que pasé cuando me descubrían en mis travesuras. Pero luego comprendí que no tenía opción, y que además, ya me hacía falta un buen sexo para vivir de nuevo. Le contesté, con un sentimiento muy parecido al amor:

– ¡Con todo mi corazón!

Entonces, metió su equipo de limpieza en la habitación y sacó condones y una crema. Le dije que, a mi edad, ya no sería necesario el condón, y yo extrañaba el sentir semen directamente en mi ser. Se bajó los pantalones y calzoncillos y se embadurnó su pene. Luego, me levantó el camisón y lamió mis pezones. Aunque mis mamas estaban demasiado caídas, yo era tan sensible ahí como cuando era esa complaciente jovencita. Después, me quitó mis pantaletas y lamió mi clítoris y tuve mi primer orgasmo en mucho tiempo. Finalmente, me sacó la almohada de la cabeza, se subió a mi cama, la colocó bajo mis nalgas y me penetró firme pero cuidadosamente. Comenzó con un vaivén lento, pero le dije que acelerara, para acabar antes de que nos descubrieran. Cuando lo hizo así, tuve otro orgasmo, un poco más fuerte que el anterior, y le indiqué:

– Alza mis nalgas y métemelo por el ano.

Cuando sacó su pene, tomó otro poco de crema y así pudo penetrar mi recto. Apreté su pene con todas mis fuerzas y logré otro orgasmo muy intenso mientras él descargaba todo su semen, que se fue derramando a la funda. Se desmontó y lavó toda el área lo mejor que pudo, por lo menos, la desinfectó y perfumó para que nadie percibiera el olor que dejó nuestra aventura. Acomodó mi almohada en mi cabeza de nuevo, y la consideré un trofeo muy preciado, porque sobre ella se desató toda la pasión de la que siempre fui capaz de dar, y dormí plácidamente.

A la larga, mi cuerpo se fue poniendo demasiado frágil para la penetración vaginal o anal, pero le pedí al conserje que me dejara mamarle el miembro viril, y al menos, yo podría rememorar tiempos mejores. Hasta tuvo que aprender a sacar su pene al eyacular, como en las películas porno, porque yo podría atragantarme con su semen y asfixiarme. Se limitó a restregar su pene contra mis labios, mejillas o busto, y le resultó más fácil lavar la evidencia. Pero todo acabó, con él, siendo transferido, y yo, falleciendo de un paro respiratorio durante mi sueño. Lo bueno fue que me pude reunir con Rob y Lucy, mi familia adoptiva. Al menos, viví como una enfermera complaciente y morí como una enferma complacida.”