Mi vecina es una hermosa niña que me cruce un día por accidente, la vigile todos los días hasta que tuve la oportunidad y la viole sin culpa

Con el zoom de la cámara fotográfica resigo los pasos de María, viste un uniforme escolar, falda negra con tirantes y camisa blanca. Se para a hablar con una vecina. Lanzo un par de fotos a su busto, sus pechos son apenas dos incipientes protuberancias, se despide con una sonrisa angelical y se dirige a la puerta de su casa. La fachada del edificio está abierta, puedo ver a que planta se dirige: primera, segunda, tercera, ahí ya no sube más. Sí, falta poco. Puerta B. Por fin. Tercero B. Ya sé donde vive. Llevo una semana obsesionado con la pequeña María, me la crucé viniendo a casa, fue una casualidad. Chocó conmigo al girar la esquina del bloque de pisos, al chocar noté sus pechos. Eran tan suaves, tan blandos, intuí esa sujetador deportivo típico de niñas adolescentes.

—¡Ais! —se apartó la melena castaña de su cara y bajó la mirada en dirección al suelo.

—¿No te han enseñado educación tus papás? ¿No se pide perdón? ¿Cómo te llamas? —Me hice el ofendido, pero por dentro estaba calmando mi excitación.

—Me llamo María. Perdón, señor —La miré serio.

—Ok, puede marcharse señorita, pero vaya con más cuidado.

Desde lejos vi que entraba en el edificio que estaba delante del departamento en el que vivo alquilado. No podía tener tanta suerte. Oh, sí, pequeña putita. Te voy a enseñar educación.

Desde entonces llevo una semana observado. Eran las 17:15 cuando choqué con ella. Esa debe ser la hora en la que sale de la escuela. Cada día, a las 17:00, me siento en una silla detrás de la cortina de la habitación donde he camuflado la cámara fotográfica con mucho cuidado para que desde la calle no la vean. ¿Pero de qué me servirá tener cualquier información si sus papás están en casa?

¡Qué afortunado soy! El otro día, después de dos semanas vigilando, tuve la suerte de ver como los papas de María salían de casa a las 17:30. Era jueves. Anoté ese dato. Y esta semana, de nuevo, el jueves a la misma hora sus papas salieron a la misma hora. No sé que asunto se traen entre manos, pero me da igual. Todos los jueves salen de la casa a las 17:30 y vuelven aproximadamente sobre las 20:00. Es un margen de casi tres horas en las que la pequeña María se queda sola en casa. Es una noticia muy halaguëña. Me marcho al lavabo, y me llevo la cámara fotográfica. Dos fotos. En la primera las tetitas crean un tímido bulto en el pecho, en la segunda, con más zoom, capto la sonrisa en sus labios, una pequeña peca a la altura de la mejilla y esa sonrisa. Vuelvo a la primera foto y extraigo mi miembro, comienzo a masturbarme observando la imagen, e imagino el cuerpo de la pequeña maría desnudo, las pequeñas tetas, el coñito sin apenas pelos, su carita llorando, la cara tapada con su melena cayéndole por el rostro, sollozando, no me haga daño señor… ¡Ahhh, qué gusto!

Hoy es el día. Me he comprado un mono amarillo, un bigote falso y unas gafas sin graduación en una tienda barata de disfraces. Me haré pasar por cartero. En el carro que llevo, similar al de esas empresas de transporte, tengo cuatro esposas, una bola roja, cinta adhesiva, lubricante, pinzas, un cuchillo, unas tijeras, guantes de latex y un par de preservativos, aunque creo que muchos de estos utensilios no me harán falta. Ayer entré en el edificio. Hice un pequeño reconocimiento y delante del buzón del tercero B, anoté con disimulo los nombres de los papas de la pequeña María. Para que mi coartada sea perfecta, he simulado un pequeño paquete con su dirección y el nombre del papá y de la mamá. También llevo una carpeta, en la que he fotocopiado hojas de envío, como las que llevan los repartidores de empresas de paquetería. Ais, la pequeña María, ¿será una niña buena y abrirá la puerta al pobre cartero? Mañana lo descubriré. ¡Está niña me pone muy cachondo!

¡Ding, Dong! Son las 17:37. Jueves.

Hace cinco minutos estaba en la calle disfrazado, con el bigote, las gafas y maquillaje que oscure mis facciones. Nadie sería capaz de reconocerme. Aunque tengo la suerte que no tengo vida social en este lugar. Solo estoy de paso. Los papás abandonaron el edificio puntuales. «Marchen con Dios señores papas. Dejan a una niña y a la vuelta encontrarán una mujer». Mi inventiva me causó una erección que tuve que controlar de inmediato. Y así disfrazado subí hasta la puerta… «¡Maldita sea! ¿No viene a abrir? Venga María, sé una buena niña».

—Cartero —grito desde el otro lado de la puerta.

Si no quiere abrirme tendré que pensar en otro plan alternativo. Pero violarla en su casa me excita mucho. Si quiero captar su atención debo esforzarme por hacerme pasar por un cartero de verdad. Pico en el timbre de nuevo con insistencia ¡Ding, Dong! ¡Ding, Dong! Inspiro, ¿es posible? Oigos pasos en el interior. Escucho el ruido de la mirilla.

—¡Paquete para Abelino Perez! —insistó con el tono de voz un poco alto, pero sin gritar, quiero que capte las palabras y que note mi desidia; como el cansancio acumulado de los auténtico carteros que están hartos de entregar paquetes, y añado—. Si no lo recogen será devuelto a la central.

Detrás de toda esta sarta de mentiras estoy deseando que abra la puerta. Abre, María. Abre. En ese momento el cerrojo interior se descorre, la llave en la puerta realiza dos giros y la puerta se abre con lentitud. María, aún vestida con el uniforme colegial, faldita negra con tirantes, camisa blanca. Su carita muestra respeto. Y la puerta queda medio entre abierta. Necesito entrar en la casa, pero no quiero que se ponga a chillar con la puerta medio abierta. Necesito agarrarla desprevenida.

—¿El señor Perez?

—Es mi papá. No está.

—¿Y tú mamá?

—Tampoco.

—Da igual, si me firma aquí, se puede quedar el paquete —Sostengo el falso paquete en mi mano, mientras le extiendo una hoja de entrega y un bolígrafo sin tinta. No podrá firma la hoja. Já. María agarra la hoja e intenta realizar una firma, pero el bolígrafo no escribe. Levanta la cara con sorpresa.

—¡Tse, chíngale! —Le arranco con suavidad la hoja de las manos. Exagero—. Me tendré que llevar el paquete a la central, a menos…, ¿tienes una pluma?

Ella asiente. Es genial.

—¿Puedes ir a por ella? Así me firmas, te entrego el paquete, tu papá lo recibe y yo hago el trabajo.

O mejor dicho, el trabajo que te voy a hacer yo, pequeña putita. María marcha para el interior de la casa. Ha dejado la puerta medio abierta, como esperaba. En ese momento aprovecho y observo en derredor. No hay vecinos. Ni un alma. Nadie observando. Me introduzco en la casa y dejo la puerta medio abierta. Sonrio con naturalidad. María reaparecé con un bolígrafo en la mano, y se queda quieta en medio del pasillo al verme en el interior de la vivienda. Sostiene un bolígrafo en su mano y su cara muestra asombro.

—Perdona. Un señor subía con unas cajas y me tuve que meter —Le deposito la hoja en un mueblecito que hay a mi izquierda.

Se cree mis palabras. Se acerca. El mueble es bajo, tiene que inclinarse un poco para firmar. Le miro el culito donde la raja del culo se le marca un poco en la faldita. Me da la espalda. Detrás de mis pantalones tengo una esposa. Me acerco con lentitud por su espalda.

—¡Debes firmar en este recuadro! —Huelo el olor de su pelo que es embriagador.

Entonces, sin mediar aviso, agarro la esposa en mi espalda y le sujeto una muñeca, sin darle tiempo a nada, le agarro la otra muñeca y le llevo las dos manos a la espalda. Una vez ambas manos en la espalda, apreto las dos esposas. ¡Click!¡Click! Sus manos están inmovilizadas en la espalda, finalmente, con una patada enérgica cierro la puerta que da a la calle de un portazo.

—¿Qué…? —Apenas un atisbo de incredulidad se escuha en su boca.

—¿Estás sola en casa? Solo quiero las joyas de tu mamá —Qué dulce mentira la mia.

Las manos a su espalda, las mueve con desespero, intenta zafarse. Las esposas y mis manos en su cintura la retienen con firmeza. Le doy la vuelta y me la quedo mirando. La diferencia de altura es considerable, su cara queda a la altura de mi estomago, más cerca de mi miembro que de mi cara.

—No quiero hacerte daño. Coopera y me marcho pronto. ¿Ok?

Sus ojos están muy abiertos. A través de la fina camisa blanca noto la calor de su cuerpo en los hombros. Asiente muy asustada, sus ojos se aguan un poco, pero no llora. Bien. Bien. Eres calladita. La piel que noto a través de la camisa es tan suave. Miro mi reloj, la 17:53, todavía es pronto, quiero jugar…

La cama de matrimonio, en el cuarto de sus papas, es muy grande y además posee barrotes ornamentales. No me esperaba este regalo. No me hace falta desempacar la cuerda. Esposo cada extremidad de María a cada una de las esquinas de la cama, sus manos y sus piernas quedan en equis. Sus ojos miran a un lado y a otro.

—¡Las joyas de tu mamá no están donde me habías dicho! ¿Eres una niña mala?

Su cara niega.

—No, señor. Tienen que estar ahí.

Disimulo que investigo en el cajón. Me siento a su lado. Al lado suyo he dejado la bola roja con agujeros. Si chilla se la ataré a la boca. También extraigo las tijeras del carro. Cuando observa el resplandor metálico se asusta, da un brinco e intenta librarse de su postura.

—No me haga daño. No me haga daño —repite con insistencia. Muy asustada.

Y el llanto aparece en su rostro. Con la mano le seco el sudor de la frente, algunos pelos de su melena, mezclados con el sudor se le pegan en la frente. Los aparto con delicadeza del rostro. Las gotas son tan tibias y la piel tan suave. Después le recorro con cuidado los ojos y le apartó las lágrimas. Acerco mis labios a su oido y apenas le susurro: «Si no chillas, no te haré daño». Entonces con las tijeras comienzo a cortarle los tirantes. Sigue llorando.

—Tsssuuu. Tsssuuu. Calladita.

Los tirantes cortados me permiten retirar su falda. Empujo hacia abajo. Observo una braguita blanca. Comienzo a cortar los botones de la camisa uno a uno. Me recreo en cada botón. Mis dedos meñiques rozan la fina piel. Rasgo las mangas y le extraigo la camisa. El sujetador no es de encaje, es esa tira deportiva que llevan muchas niñas preadolescentes. Unas pequeñas marca dibujan la zona de los pezones. Parecen gordos y prietos. Esto será una gozada. Le levanto con cuidado el sujetador para poder cortar la prenda sin dañarle a piel…

—No, por favor… señor.

Las tijeras dan dos cortes en ambos lados. Al retirar el sujetador dos pezones morenos asoman. Los pechos son pequeños pero bastante grandecitos. Voy a gozar. Por último le realizo un par de cortes en la braga blanca. Dejo las tijeras en el carro y examino la joya de la casa. El sudor le recorre la frente y las lágrimas asolan su rostro. Es la hora de gozar.

Me he desnudado. Estoy estirado a su lado derecho. Mi dedo índice se recrea con unos de sus pezones que se está endureciendo con el contacto.

—¿Cuántos años tienes María?

No contesta. Solo me observa. Le paso una mano por detrás de la espalda y con esa misma mano le tapo la boca. Despues, mi dedo pulgar e índice apretan con fuerza el pezón. Arquea el cuerpo, un chillido intenta escapar de su traquea, pero queda ahogado en apenas un gemido gutural gracias a la opresión de mi mano. Intenta mordérmela, pero es tan grande en comparación con su boca que solo consigue que apriete más fuerte y le empuje la cabeza contra la almohada. Su cabeza queda aprisionada contra la cama de manera brutal. Mi miembro está totalmente erecto. La calor expulsada en ese intento de chillido me excita.

—Sí respondes a mis preguntas, no te hare daño. Responde, ¿Cuánto años tienes?

Llora. Sorbe mocos y lágrimas. Me mira a los ojos. ¡Qué mirada tan linda! El terror en sus ojos aún me excita más. Aflojo la mano para que pueda hablar, pero la mantengo lo suficientemente cerca por si chillara de nuevo.

—Doce.

—Eres una niña muy guapa.

Mi mano vuelve a acariciar el pezón.

—¿Tienes novio, María?

Duda un instante. Acerco de nuevo, pero con estudiada lentitud, el pulgar y el índice al pezón. Observa mi intención y en esta ocasión responde rápido.

—Sí, tengo, pero… mis papás no lo saben.

Sonrío.

—Tranquila, María, tu secreto estará a salvo conmigo. ¿Sabes que eres una chica muy linda?

No dice nada.

—¿Has hecho el amor con tu novio?

Niega con la cabeza. Me molesta que no responda. Su voz es muy dulce quiero escucharla.

—¿Que hacéis cuando estáis a solas?

—Me… me da besos.

Asiento.

—¿Cómo se llama tu novio?

—Domingo.

—¡Qué casualidad! Como yo —Mentira—. María, puedo ser brutal y hacerte mucho mucho mucho daño, o puedo ser bueno y no hacerte daño. Pero para no hacerte daño y ser bueno vas a tener que obedecerme en todo lo que diga. ¿Lo entiendes?

Los ojos se le anegan en agua pero consigue calmar las lágrimas. Asiente.

—María, respondeme, no te quedes callada. ¿Lo entiendes?

—Sí, sí, señor.

—No me digas señor, llámame Domingo. A partir de ahora me llamarás Domingo. Solo, Domingo. Repite. Sí, Domingo.

Se queda un segundo observando mi rostro. Asimilando la información. Mientras mi mano le agarra el pecho con el que estaba jugando. Es pequeño, pero puedo agarrarlo con toda la mano.

—Sí, Domingo.

Mis dedos recorreren juguetones sus pezones. Acerco mi cara a su rostro y le comienzo a dar pequeños besos en el cuello. Está muy quieta y eso me molesta. Le muerdo con suavidad una oreja, ahoga un gritito y le introduzco la lengua por el orificio auditivo. Noto que se estremece. Aprovechando la aproximación al oido, le susurro algo importante.

—No quiero que chilles, si no te haré daño. Pero quiero que digas «sigue Domingo», «sigue Domingo» y que no pares de decirlo en todo el rato.

—Sí —Llora.

—Dilo puta.

—Sigue Domingo. Sigue Domingo.

Su rostro observa en dirección al techo. Al escuchar estas palabras me abalanzo sobre ella. Todo mi peso recae sobre el cuerpo de María, mi pene erecto queda entre medio de sus piernas, es bajita pero su cuerpo es de vicio. Le apreto las tetas con ambas manos y me sorprendo que ambas dan cabida al interior de la cuenca que formo. Son más grandes de lo que me pensaba. Aplasto los pezones con la palma de mi mano, son gordos y están endurecidos, masajeo la zona con menos fuerza. Aunque ella parece no apreciarlo. Sus contorsiones de resistencia, lloros y jadeos le imposibilitan cualquier disfrute. Después lanzo con locura mi boca en dirección a un pezón y comienzo a lamerlo con rapidez. Mi lengua sube y baja. Sube y baja. Despúes paso al otro. Ella no dice nada. Lleva un rato sin decir nada. ¡No está obedeciendo! En previsión, alzo la mano y le tapo la boca, en ese instante aprieto con fuerza el pezón con mis dientes. Se sacude con fuerza, las piernas y las manos estiran con fuerza las esposas que la tienen tan bien sujeta a la cama. Se oye el ruido metálico. ¡Clink! ¡Clink! ¡Clink! El fuerte mordisco consigue separar su espalda de la cama pese a mi peso. Durante un lapso muy breve arquea el cuerpo, pero después vuelve a caer agotada.

—Continúa diciendolo, puta. O te haré daño. No quiero hacerte daño. Di. Dilo. Sigue Domingo. Sigue Domingo. Dilo, puta. Dilo

—Sigue… —llora. Más lágrimas. Me excita— Domingo.

—Bien. Sigue diciéndolo todo el rato. No pares. —Hago una pausa—. Otra cosa, si se te ocurre chillar, una sola vez más, te haré tanto daño, que desearas no haber nacido. ¿Lo entiendes? ¿No chillaras?

—N…o… —Llora— no, señor… perdón, perdón… no, Domingo.

Está aprendiendo. Pero me excita mucho su dolor, no sé si podré salvarla de mí. Continuó bajando el rostro hasta el ombligo, muy cerrado y pequeño. Se lo beso. Mi cara continúa bajando, ahora mis labios están delante de su sexo, y mi lengua comienza a recorrer todo el clítoris con lentitud y suavidad. Sus piernas esposadas en la cama la dejan abierta sin ningúna defensa. Sigo lamiendo con parsimonia pero con insistencia. Al principio llora, pero al rato comienza a gemir. Es cierto lo que dicen que mente y cuerpo trabajan por separado. Es el momento, le inserto en el coño el dedo índice, se estremece, sus piernas luchan un poco pero enseguida se calma. Está muy humeda. Con la nariz olisqueo el olor. Me huele a rosas. Mi lengua sigue lamiendo el clitoris, que me encanta al tacto, apenas posee dos pelillos, es suave, me deleito lamiendo este clitoris sin apenas pelos, de piel tan blanca, tan fina, tan suave. El olor a flores me excita. Mi dedo se inserta con más fuerza en su interior. Ella retrae por instinto el culo y la pelvis hacia atrás, pero mi dedo avanza con su acción y se inserta más aún en su cavidad.

—Sigue Domingo.

Fantástico. Ya está aprendiendo, pero es una lástima que justo cuando comienza a aprender, tenga que hacerle daño. Me incorporo hasta estar a su altura. Mi glande asoma en toda su magnificencia. No es un gran miembro, pero en comparación con la edad y el tamaño de María se ve monstruoso.

—María, ¿habías visto un pene antes?

—Sí, Domingo.

Me sorprende la respuesta, pero rio con satisfacción.

—Estupendo.

Acerco el glande a la altura de la vagina, y comienzo a realizar una masaje en todas direcciones. La interrogo con la mirada y ella entiende.

—Sigue, Domingo.

Sonrio de nuevo. No me fio. El colapso será brutal, no puedo arriesgarme a un chillido bestial. Con mi mano agarro la bola roja depositada encima de la cama.

—Abre la boca.

—Si, Domingo. No me haga daño…. por favor —Pero sin esperar respuesta, abre obediente la boca. Una nueva lágrima cae por su rostro. Le inserto la bola roja en la boca y le ato la cuerda negra, que lleva incorporada, alrededor de la cabeza. Apreto y me aseguro que no la podrá expulsar. Esta perfectamente amordazada.

—Continúa con la frase.

—Sgggiggg…ggguuueee… Dgggomingggooo —Perfecto, a pesar de la mordaza, se puede llegar a comprender. El sonido tan gutural me excita. Adiós promesas de no dolor.

Observo mi glande. Tengo el pene más grande que nunca. Jugueteo alrededor del clítoris, de la entrada a la vagina, realizado movimientos circulares alrededor de la entrada. Me excito lo máximo que puedo, y ella vuelve a repetir.

—Sgggiggg…ggguuueee… Dgggomingggooo.

Y en ese momento, introduzco de golpe todo mi pene en el interior de su vagina, lanzo todo mi cuerpo sobre ella, la aprisiono. Con las manos le agarró de la melena y le estiro con mucha fuerza la cabeza hacia atrás. Noto como se estremece de puro dolor.

—Arggggggggggg Auurgrgrgrggg… Ggggaaaa Gggggnnooooooo!!

Puta. Aún me excita más ese lamento profundo. Le muerdo el cuello. No tengo miramiento. No controlo mi fuerza. Retraigo el pene unos centímetros y se lo vuelvo a introducir con más fuerza.

—Ngggooo… Gaaggaaaggaaaa… Gggggnnooooooo.

Mi boca y mis colmillos notan las aspiraciones tan fuertes que realiza la traquea. Mis manos sujetan con fuerza el cabello hacia atrás. Pasado esos segundos de locura suelto la presa alrededor de su cuello. Un moretón rojizo, con unas pequeñas hendiduras ensangrentadas marcan su cuello. Mi pene sigue embistiendo. Levanto un poco el rostro, quiero verle la cara, y aflojo la presa en su pelo. Su cabeza recupera una posición más horizontal, no le veo los ojos, llora de puro dolor. Sin dejar de embestir, mi excitación aumenta, acerco mi cara a su oreja.

—Continua con la frase. Dilo. Dilo

Noto que traga saliva. Más lágrimas. No dice nada. El exceso de babas en la boca sale por los agujeros de la bola.

—Dilo o te haré más dolor.

—Sgggiggg…ggguuueee… —traga saliva— Dgggomingggooo.

Y embisto de nuevo. Su frase me jalea. Me anima. Me acompaña. Con mis manos apreto sus orejas. Jadeo. Estoy a punto de venirme. Continúo. Cada vez más rápido. ¡Qué puta! ¡Qué gusto das, María! Eres la mejor. Y todo mi semen inunda su vagina. Sigo moviendome durante un buen rato, hasta que ya no tengo más ganas. Saco mi miembro. Tiene sangre. Me estiro a su lado. Me limpio la sangre con las sábanas y le desato la bola roja de la boca. Realiza una aspiración muy grande y escupe baba acumulada.

Observo el reloj. Es la 19:29. ¡Joder! Es tarde. Sus padres volverán en media hora. Tengo que darme prisa. Es una lástima, querría haber disfrutado más de María. Me excita mucho. Su cuerpo. Sus tetas. Su mirada. Sus lloros. Sus gemidos. ¡Argg! No puedo. Maldita sea, que rápido pasa el tiempo cuando uno hace lo que le gusta. Le quito las esposas de manos y muñecas. Se encoge en posición fetal. Llora con hipos. La dejo recuperarse, mientras, guardo todos los instrumentos en el carro. Me visto con rapidez. Me aseguro de tener todo de nuevo en el carro. Debo acordarme de recoger la hoja de papel en el vestíbulo. Miro de nuevo el reloj. La 19:33. Saco el cuchillo de carro y sonrió. Me acerco por última vez al cuerpo de María. Está llorando. No ve lo que tengo en la mano.

—Mira, María. ¿Sabes para que era este cuchillo?

Abre los ojos. Las lágrimas siguen cayendo. Hipa.

—Iba a matarte, pero me lo has hecho pasar tan jodidamente bien, que te voy a dejar vivir.

Le doy un beso en la frente. En la mejilla. Por primera vez, después del coito tan salvaje, la beso en los labios. No opone ninguna resistencia. Mucho mejor para ella.

—Dilo una última vez.

—Sigue, Domingo.

Me marcho por el pasillo con una erección. Recojo la hoja. Perfecto. Abro la puerta con sigilo. No hay nadie en el exterior. Salgo rapidamente y cierro con suavidad. Bajo las escaleras velozmente. Son las 19:48. Llego a la puerta de entrada y justo veo a los papas de María fuera en la calle. Hablando con la vecina de siempre. Les sujeto la puerta.

—¿Entran? —Muestro una gran sonrisa.

—Sí, gracias caballero. Muy amable —Se despiden de la vecina.

Sonrío para mis adentros.